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María Pinar

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La tarde era lluviosa pero mantenía una temperatura agradable para ser 3 de noviembre. Las calles de Sevilla brillaban sedientas de historias por contar. Angie y yo caminábamos ajenos al mundo. Al doblar la esquina, en la Plaza de la Magdalena, una señora reclamó nuestra atención:

-Disculpe joven, perdone que le importune ¿Tiene usted aplicación para saber cuándo llegará el próximo autobús de línea?

-No señora -respondo- pero creo que no tardará en llegar,
-Unos diez minutos calculo -añade Angie-
(La mujer sonríe) ¿Ustedes no son de aquí verdad?
-No, yo soy de Pamplona y ella de Cádiz.
-¡Ah Pamplona! Yo trabajé mucho en el teatro Gayarre.
-¿Es usted actriz?
-Lo fui durante muchos años, me llamo María Pinar.
-Encantado, yo Mikel Navarro
-Son muy guapos ustedes y usted muy bella, ¿Cómo se llama?
-Angie, encantada.
-Es un placer que me hayan atendido, hoy en día la gente no hace mucho caso a las personas que necesitan ayuda, además no entiendo muy bien cómo van estos horarios.
-Creo que no tardará mucho.
-A veces diez minutos es demasiado tiempo. (Dice María casi susurrando)
-Entonces usted trabajó en el teatro…
-Y en el cine también, con algunos de los más grandes: José Bódalo, Pedro Osinaga, Arturo Fernández … Paco Martínez Soria, menudo era… (tuerce el gesto) Carlos Larrañaga siempre se portó muy bien, grandes profesionales no como ahora.
Bajo la mirada de María se intuye un pasado de gloria que ya no volverá, pero mantiene intacto el brillo en los ojos que solo otorga el aplauso del público.

-Yo realmente era bailarina, trabajaba duro, hoy en día la televisión ha cambiado mucho…(hace una pausa) Ya se han olvidado de las que estuvimos antes. (Se atusa el cabello y se acomoda el foulard) -No me hagan fotos que estoy sin arreglar (Bromea María)
Saben, Felipe González acabó con una gran generación de actores, echó a todo el mundo de Prado del Rey (Prosigue) ¡Qué sensación era entrar por aquellos pasillos! ¡Son ustedes muy guapos eh!

-En especial Angie (Subrayo)
-¡Guapísima! (Exclama) (Todos reímos)

-Algún día escribiré mis memorias, tengo mucho que contar pero a nadie para que lo haga.
-Yo podría hacerlo (contesto) Empezaríamos por una entrevista radiofónica ¿Qué le parece?
-Muy bien, todavía tengo buena cabeza. Hoy en día las cosas funcionan muy mal, gente como Belén Esteban acaparan las audiencias, ¿Dónde está Estudio Uno o programas como La Clave? Ya nadie se acuerda de las que trabajamos tan duro. Aquí tiene mi número, llámeme un día de estos, insista si no cojo. Es usted muy guapa Angie (Todos reímos)
-Ya llega mi bus (Comienza a llover con fuerza)
María Pinar despliega su paraguas y bajo la lluvia se aleja con cierta dificultad al caminar. Se esfuerza en corregir su paso como si supiera que están grabando ese último plano para ella.
-¡Llámeme! (Exclama sin darse la vuelta)
La cámara la sigue perdiéndose en el último bus de la tarde. En su interior no hay nadie, tan solo el chófer que, sin todavía cerrar las puertas, arranca dejándonos la silueta de María difuminada tras el cristal cubierto por un millón de gotas. Las puertas del transporte urbano se cierran en movimiento desapareciendo en un brusco giro a la derecha.
Angie y yo nos miramos sorprendidos y reímos encantados bajo un improvisado cobertizo de una tienda textil.
-Mikel, aquí tienes una de tus historias ¿Nos tomamos una menta poleo?
-Me parece genial. Angie, contigo al fin del mundo.

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It, el triunfo de los perdedores.

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Mi análisis sobre It.

Realmente el filme tiene un trasfondo interesantísimo, es el triunfo de los perdedores. Un grupo de adolescentes marginados que deben enfrentarse con los demonios del miedo de cada uno.

El mundo al que se enfrentan es un mundo doloroso y rutinario, por ello deciden unirse, en el grupo reside la fuerza, algo muy “HowardHawksiano”. Por ello crean su propio universo, para escapar de la realidad que viven y así poder vencerla. Es un cambio que deciden afrontar. El payaso es lo de menos, representa el enemigo que enmascara los males comunes de cada perdedor, de cada “loser” adolescente que sufre la humillación diaria.

Son muertos en un mundo de vivos que quieren dejar de serlo, son ellos los que flotan como globos que pinchan y revientan una vez tras otra. Y para dejar  de flotar hay que luchar unidos. Ese es el mensaje de fuerza contra la injusticia social de los débiles.

Navarro en Nueva York.

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La verticalidad busca ser profunda en la noche,
cuando las almas se reflejan en el río Hudson,
cuando las luces se recogen para ser dobles.

Agua y cristal, acero y cemento, gloria y olvido.
El olvido que cruza a través de un puente
que desea prevalecer para ser algo más que un recuerdo.

Manhattan es bruma y sol, noche luminosa, un abecedario
de ventanas que forman palabras de cuarzo.
Edificios poliédricos que ascienden a un cielo
de promesas incumplidas, de celeridad amarilla,
de tiempo cruel con voz de Frank Sinatra.

Todo eso es Nueva York, una manzana brillante
que desea ser mordida en la distancia.
Una gran manzana que tienes que morder,
hazlo y forma parte de la ciudad para siempre.

El diario maldito de Abraham Griffin: La maldición de Fairbanks.

La historia que les voy a narrar le ocurrió a un científico llamado Abraham Griffin, que escribió sus experiencias acerca de una expedición a Alaska acontecida en el año 1871.

ALASKA

Unos constructores de vías de tren se pusieron en contacto con la Sociedad Científica Natural y Paleontológica Dr. Joseph H. Griffin, asociación fundada por el padre de Abraham, y que el hijo de éste había continuado en el estudio y exploración de los lugares que pudieran ser de interés. Al parecer pensaban que habían encontrado huellas de dinosaurio. La Sociedad constaba de cincuenta estudiosos incluido El Coronel Abraham Griffin de 42 años, que además había luchado en la Guerra de Secesión junto al bando yankee. Ante la llamada de los ferroviarios se reunieron en su sede de Washington D.C. e inmediatamente partieron en tren a Ottawa. Una vez en Canadá se dirigieron a Fairbanks, un viaje de cuatro días parando en ciudades como Saskatoon, atravesando el lago Bravehill, bebiendo whisky en la ciudad de Edmonton y jugando al póker en la fría Fox Creek.

Una vez que llegaron a Fairbanks tras un agotador viaje fueron recibidos por el alcalde de la ciudad el ilustre John W. Gilmore, antiguo buscador de oro. Éste les aconsejó comprar armas de fuego en la armería “Guns and Protection” regentada por el trampero de origen italiano Lucas Peroni, debido a la afluencia de osos, lobos, e incluso alguna resistencia india. Allí realizaron el siguiente inventario: 20 escopetas de doble cañón, 15 revólveres Colt y 5 rifles de repetición, no había dinero para más, había que comprar abrigos de piel de bisonte y caballos así como animales de carga.
Pronto el Coronel Griffin se dio cuenta que la ciudad apenas era un asentamiento dotado de una licorería, una tienda de armas y un salón de juego que ejercía como burdel. Todo ello rodeado de cabañas de madera de pobre construcción.

Abraham y sus hombres fueron informados que las huellas estaban situadas a 85 kilómetros de allí y a 5 kilómetros del final de las vías todavía en construcción. Los expedicionarios estaban agotados y necesitaban descansar. Fueron distribuidos en diferentes cabañas de mineros y el propio coronel descansó en la casa del alcalde, necesitaban dormir para que al día siguiente pudieran partir en busca de las enigmáticas huellas. Durante la cena, el alcalde Gilmore, de poblada barba blanca, contó una leyenda que se escuchaba en la zona, Abraham expectante atendía mientras el viejo John W. Gilmore bebía vino que se escurría por los laterales de las comisuras. Diez años atrás hubo desapariciones de cazadores y se encontraron restos humanos en varias cuevas de los alrededores, la leyenda cuenta que unos monstruos devoraban a todo aquel que se acercara a las cavernas, y como expresó el alcalde abriendo su desagradable boca de apenas tres dientes: “Coronel, esas bestias vienen de otro mundo” y acto seguido mordió una pata de pollo arrancando la carne de ésta.
Abraham no quiso darle importancia, de momento…

A la mañana siguiente después del desayuno los expedicionarios salieron en busca de las huellas guiados por cuatro soldados del ejército de la unión y un oficial, el Sargento Alan Russell. Una vez que llegaron al final de las vías observaron el campamento de trabajadores, en su mayoría obreros chinos. Los operarios aportaron al Coronel y sus hombres más abrigos de piel por si una de las famosas tormentas de Alaska les sorprendía.

La intensa niebla se les echó encima y los 50 exploradores se quedaron solos en la zona ya que los trabajadores tuvieron que volver a Fairbanks para arreglar un tramo de la vía en mal estado, pero antes les advirtieron que tenían un plazo de treinta días para investigar lo que anduvieran buscando, en palabras del capataz chino Zhou Lin: “No podemos perder más tiempo en tonterías”.

Tras la despedida los científicos aprovecharon para inspeccionar la zona de las supuestas huellas, apenas había cinco kilómetros entre el final de las obras ferroviarias y las misteriosas pisadas. También decidieron llevarse diez caballos de carga para comer en el lugar. Después de comer divisaron una extraña cueva de grandes dimensiones, entonces fue cuando vieron las huellas junto a la entrada de la cueva que se perdían en su interior. Abraham Griffin analizó las huellas minuciosamente, no pertenecían a ningún animal conocido, eran grandes y parecían estar calzadas por algún elemento natural, cuero o material de origen vegetal. En ese momento Abraham se dio cuenta de que faltaban dos de sus hombres, mandó a doce de los suyos armados al interior de la gruta para inspeccionar, fue entonces cuando encontraron a los dos desaparecidos, parecían parcialmente devorados, comidos en sus partes blandas, uno de ellos sin ojos y ambos sin orejas. El coronel ordenó que se adentraran más. Cuando los perdieron de vista escucharon sonidos de objetos contundentes golpeando contra algo, después se oyeron varios disparos y muchos gritos. De pronto quedaron impactados al ver ante ellos veinte enormes figuras de pelo largo, ropajes prehistóricos y punturas de guerra. Parecían una horda de nativos salvajes o especie extinta, su piel azulada y su mandíbula prominente recordaba a un Australopithecus o algo similar. Estaban armados con todo tipo de objetos punzantes y casi al unísono emitieron lo que parecían gritos de guerra indios.

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Fue en ese momento cuando, paralizados por el terror, varios hombres de la retaguardia cayeron debido al impacto de una decena de flechas que atravesaron sus cabezas. Estaban rodeados. Los indios se abalanzaron sobre ellos como si fueran depredadores y ellos la presa, Abraham desenfundó dos revólveres y todos comenzaron a abrir fuego para defenderse. Una vorágine de sangre y fuego envolvió la escena en una nube de horror, cuando todo terminó quedaron diecinueve exploradores supervivientes algunos de ellos heridos, los salvajes habían muerto. Pensaban que todo había terminado pero comenzaron a escuchar más gritos, alaridos como de animales que cada vez se oían más cerca, eso significaba que el lugar más seguro se encontraba en Fairbanks a 85 kilómetros de allí. Instintivamente comenzaron a correr hacia los caballos que habían escapado espantados por el miedo. Corrieron en dirección al campamento chino.

La tribu les seguía pisándoles los talones, durante la huida un gran oso apareció de entre los árboles y derribó a un explorador, le mordió en el cuello y lo mató. Otro científico disparó con su revolver al pecho del oso Grizzly y éste enfurecido cargó contra él, le mordió en el centro de la cara, arrancándola ésta y matándolo en el acto. Abraham estaba traumatizado, jamás había visto algo así, ni durante la guerra de Secesión. Fue entonces cuando derribó al oso disparándole a la cabeza repetidamente con sus Colt. Continuaron la marcha con los nativos cada vez más cerca, todo fue muy rápido. Una vez que llegaron al campamento siguieron las vías del tren. Siete heridos quedaron rezagados, aunque armados estaban débiles, se escucharon gritos agónicos, el sacrificio de esos pobres desgraciados hizo que Abraham y sus compañeros ganasen tiempo.

Los supervivientes pudieron recorrer veinte kilómetros más, la noche se echó encima y de nuevo volvieron los gritos de los salvajes, a su vez un sonido de galope cada vez más cerca, dos nativos a caballo armados con hachas aparecieron con antorchas. Saltaron sobre un científico, lo golpearon y le prendieron fuego, dispararon contra aquellas bestias que cayeron entre las llamas, los caballos salieron espantados. Solo faltaban treinta kilómetros para llegar a Fairbanks cuando al amanecer divisaron a lo lejos un grupo de unos 60 nativos que seguían tras ellos.
Se levantó una espesa niebla que sirvió de camuflaje a los nueve supervivientes, cuando estaban punto de llegar a la ciudad la tribu alcanzó al noveno hombre, rezagado por la fatiga. Comenzaron a desnudarlo y a continuación le echaron nieve por encima, frotándolo continuamente para limpiarlo, y delante de los aterrorizados ojos del coronel Griffin comenzaron a comérselo vivo. El líder de la horda de salvajes era enorme, tenía unos dientes afilados, la cara pintada de verde, y lucía un collar compuesto por orejas humanas. Este monstruo cortó la cabeza de su víctima y la arrojó a los pies de Abraham como muestra de poder. Y desaparecieron entre la niebla, parece que la ciudad hacía que no pudieran avanzar más.

Los científicos aterrorizados llegaron exhaustos, el alcalde Gilmore acompañado del médico atendió a Griffin y los otros siete, que no paraban de decir palabras inconexas, sin sentido. Mientras les dieron comida y agua explicaron lo sucedido.

Tras aquella experiencia traumática regresaron a Washington D.C. para seguir con sus vidas, pero no sin antes acudir a muchos médicos especializados en traumas psiquiátricos. Años después, los supervivientes publicaron sus experiencias en diversos medios de comunicación como el Washington Post, el Herald Tribune o el Alaska Journal.
Mi abuelo Abraham Griffin escribió su experiencia en un diario que tituló: “La maldición de Fairbanks”, y que hoy transcribo para vosotros curiosos lectores.
Líneas que hoy escribo desde la ciudad de Red Rock, lugar al que vinieron a vivir los 8 supervivientes de aquella pesadilla en busca de nuevas aventuras y expediciones.
Pero realmente ¿Quiénes son los que causan los problemas? ¿Los indios o los que invaden sus territorios?

 Samuel Q. Griffin a 4 de junio de 1943
-Una historia escrita e ideada por Amets Navarro-

Mi exilio a Elba

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Había descansado unos días en Livorno antes de decidir mi exilio a la Isla de Elba, embarqué en Piombino una ciudad siempre de paso, en mi equipaje apenas una camisa y un pantalón vaquero, no necesitaba más para evadir toda una vida. Me faltaba la canción de Perales y la recordé tarareándola en el velero que también quería escapar. Y se marchó, conmigo dentro. Para un retiro junto al mar nada como un Grignolino D’asti, buen compañero de viaje, un vino minerale que degusté al inicio de mi exilio en la Isla de Elba, el llamado vino del mar, dicen que si abusas de él hace creerte el mismísimo dios Neptuno. Es lo que le pasó a Napoleón, al corso le hizo ser bravo. Al ser de Córcega no era tan francés de ahí mi parcial admiración, tenía valor y el carisma suficiente para elegir un buen lugar para descansar del mundo, por eso elegí tal enclave en el mapa. Dado que el pequeño Bonaparte no tenía mal gusto quise seguir sus pasos, y en lo que a estrategias del alma se refiere rara vez se equivocaba.
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La sensación de libertad y conquista interior era total, en proa con el viento de cola empujando sentía los nudos a cada golpe de ola avanzando hacia un destino que jamás sería definitivo pero sí necesario. La costa me saludaba en flor, la primavera en auge era el cartel de bienvenida del hospitalario Portoferraio siempre floreado y con aroma a azahar y flores frescas.
Nada más atracar el pequeño velero me recibieron los violines toscanos que Carlo Buti me había regalado en Florencia tiempo atrás, sus palabras resonaron al pisar la bella Elba: “Uno siente ganas de cantar”.
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Calle arriba paseando entre sus estrechas calles, siempre en cuesta, uno las sube con la ligereza de sentirse libre, avanzo leyendo consignas religiosas en sus puertas con la paz interior del que ya se sabe condenado, tan solo por el mero hecho de nacer en pecado y con la intención de curar las heridas del alma siento la necesidad de abrir sus grandes ventanales para dejar pasar la luz. Elba es un gran ventanal verde por donde siempre pasa la luz, su luz es perpetua, brillante y soleada… Nosotros meras rendijas.
Un decorado de vida irrumpe para la siesta del pasado, me recompongo solo con respirar, la solitaria silla me invita al momentáneo reposo, tiene el mimbre necesario para saber que sobre ella puedo sentar lo que un artesano retirado construyó. En Elba todo se aprecia, hasta el último aliento, hasta el último recuerdo y el primer llanto. Empapado en sudor saco el pañuelo que mi abuela me regaló en travesías de campos de girasoles. Es un pañuelo de punto con los bordes azules y agradable al tacto pero siempre firme, mi frente lo agradece, lo vuelvo a doblar con el cariño de una madre y lo guardo en mi bolsillo para seguir adelante.
 El Fuerte que custodia las vistas de la Isla es un mirador bien decorado con jardines hechos para los sentidos, para caminar con los ojos cerrados acompañado del zumbido de abejas saludables y solo amenazado por conversaciones ajenas de transeúntes esporádicos y molestos. Por fin llego a casa de Napoleón Bonaparte y cierro la puerta para que nadie interrumpa mi encuentro imperial.
Los jardines de la casa son el retiro espiritual que uno siempre soñó, estatuas pétreas, motivos grecolatinos, cipreses toscanos esbeltos y delgados, y una torre que vigila el norte de posibles barcos fantasma invasores. Me retiro al interior a la señal del atardecer, las habitaciones están todas iluminadas, entre sus pasillos bustos y retratos del Emperador Corso, una vez en la biblioteca repaso sus tomos de cabecera, comparto su obsesión por la trascendencia y su gusto por la botánica. El cuarto de su hermana Pauline guarda un exquisito gusto por la coquetería, no interrumpo en demasía la tranquilidad de la fina dama pues no quiero despertar la antipatía del Emperador de los franceses y copríncipe de Andorra. Un cuadro de Bonaparte me sobrecoge, surge de la tumba para recordarme su eternidad, a otra imagen saco brillo, el cristal que cubre el retrato sonríe de nuevo y recupera la nitidez de antaño. Su rostro parece agradecido.
 La noche cae sobre la Isola d’Elba siempre iluminada, la luna refleja en el mar la calma de un reposo momentáneo que volverá a ser bravo. Es hora de descansar, quiero saber lo que se siente al dormir sobre la cama de Napoleón, pero no siento nada, tal vez mi desvelo se debe a mi osadía o simplemente no siento nada porque soy Navarro y ese orgullo no se cambia por nada del mundo. Pongo fin a mi exilio con una copa de vino y una frase que en voz baja dicta mi anfitrión: “Muéstrame una familia de lectores, y yo te mostraré las personas que mueven el mundo”.
 
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El pre-cine pamplonés

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Pamplona siempre tuvo una gran vinculación con la fotografía, desde el primer momento el amor de los navarros por registrar los “momenticos” estuvo presente. Por ello el Daguerrotipo tuvo una pronta implantación en la capital navarra. Este artilugio inventado por el francés Louis Daguerre en 1839, fue el preludio de lo que hoy conocemos como fotografía, eso sí, más tóxico que sacar una foto ahora mismo con el móvil. Aquel invento contenía mercurio y su manipulación no era muy recomendable. En el siglo XIX había buenos e incipientes fotógrafos navarros como Don Mauro Ibáñez que imaginó la sucesión de imágenes prolongadas como una evolución natural de la propia fotografía.

Las sombras chinescas son las madres de lo que más tarde sería conocido como cine mudo.

Hay datos que dicen que en abril de 1817 hubo una exhibición en Pamplona de dichas sombras que acompañaban el espectáculo del saltimbanqui Luis Rusmiro y la tonadillera apodada “La madrileña”. Aquel espectáculo estuvo conformado por tres actos: “El bosque de los animales de la Cuarta parte del mundo”, “La gran borrasca del mar” y “El baile de las brujas”, algo tan intrínseco en la propia naturaleza y folklore navarro.

Sin duda lo que es poco conocido es que antes, en 1806 se tiene constancia del más absoluto precedente de lo que después sería el aparato de proyección y de nuevo sucede en Pamplona con este Pre-cine: “Andrés Manuel y los hermanos franceses Bareau presentan una Linterna mágica con un órgano y otros instrumentos que sirve de alegre diversión”.

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La linterna mágica era un aparato óptico para ferias circenses y que proyectaba lo que se denominaban “fantasmagorías”. Un efecto mágico debido a la premeditada ocultación del aparato al propio público. En San Fermín tuvo mucho éxito con proyecciones gratuitas y alternativas desde 1887 hasta 1898, siempre en nuestra querida y amada Plaza del Castillo.

Pamplona y el cine mudo.

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El cine llegó a Pamplona un 24 de Octubre de 1896 durante la exhibición de un nuevo invento llamado “Kinematógrafo”. La proyección tuvo lugar en la Plaza del Castillo dentro del Teatro Principal (Posteriormente llamado Teatro Gayarre, que además se trasladó de lugar). El Eco de Navarra decía así: “Ocho vistas fueron las que se dieron al público: Una pelea de negros, una fragua en la que se ve el martillar del hierro y el humo que despide el fuego, un paseo de coches en el que los carruajes pasan al trote, un campo con labradores y vacas que cambian de sitio, una playa y una lancha en la que van de paseo por el mar unas niñas con su madre; el baile de la serpentina, cambiando de color el traje tal como se representa en el teatro, los boulevares de París con su aglomeración de gentes y coches que van y vienen, y finalmente la llegada de un tren a la estación con salida y entrada de los viajeros.”

El baile de la Serpentina tuvo mucho éxito en los siguientes años, y era, por petición popular la proyección más deseada.

Durante la época del cine mudo acompañaban la sesión ciertos complementos acústicos como pianistas, orquestas u órganos además de las impacientes gargantas de los ruidosos espectadores. Pero había una figura exitosa y olvidada: “El explicador.” Los explicadores eran señores que con cierto ingenio locutaban la acción del filme. Algunos adquirieron fama y notoriedad como “El explicas” Valero en Vitoria, “El Pérez de Bilbao” o “Manolo el de Pamplona”.

Nunca se habló tanto durante una película de cine mudo, todavía hoy se escucha el eco de la magia si uno se detiene de madrugada y escucha con atención, un murmullo lejano recorre la plaza, la Plaza del Castillo.