El diario maldito de Abraham Griffin: La maldición de Fairbanks.

La historia que les voy a narrar le ocurrió a un científico llamado Abraham Griffin, que escribió sus experiencias acerca de una expedición a Alaska acontecida en el año 1871.

ALASKA

Unos constructores de vías de tren se pusieron en contacto con la Sociedad Científica Natural y Paleontológica Dr. Joseph H. Griffin, asociación fundada por el padre de Abraham, y que el hijo de éste había continuado en el estudio y exploración de los lugares que pudieran ser de interés. Al parecer pensaban que habían encontrado huellas de dinosaurio. La Sociedad constaba de cincuenta estudiosos incluido El Coronel Abraham Griffin de 42 años, que además había luchado en la Guerra de Secesión junto al bando yankee. Ante la llamada de los ferroviarios se reunieron en su sede de Washington D.C. e inmediatamente partieron en tren a Ottawa. Una vez en Canadá se dirigieron a Fairbanks, un viaje de cuatro días parando en ciudades como Saskatoon, atravesando el lago Bravehill, bebiendo whisky en la ciudad de Edmonton y jugando al póker en la fría Fox Creek.

Una vez que llegaron a Fairbanks tras un agotador viaje fueron recibidos por el alcalde de la ciudad el ilustre John W. Gilmore, antiguo buscador de oro. Éste les aconsejó comprar armas de fuego en la armería “Guns and Protection” regentada por el trampero de origen italiano Lucas Peroni, debido a la afluencia de osos, lobos, e incluso alguna resistencia india. Allí realizaron el siguiente inventario: 20 escopetas de doble cañón, 15 revólveres Colt y 5 rifles de repetición, no había dinero para más, había que comprar abrigos de piel de bisonte y caballos así como animales de carga.
Pronto el Coronel Griffin se dio cuenta que la ciudad apenas era un asentamiento dotado de una licorería, una tienda de armas y un salón de juego que ejercía como burdel. Todo ello rodeado de cabañas de madera de pobre construcción.

Abraham y sus hombres fueron informados que las huellas estaban situadas a 85 kilómetros de allí y a 5 kilómetros del final de las vías todavía en construcción. Los expedicionarios estaban agotados y necesitaban descansar. Fueron distribuidos en diferentes cabañas de mineros y el propio coronel descansó en la casa del alcalde, necesitaban dormir para que al día siguiente pudieran partir en busca de las enigmáticas huellas. Durante la cena, el alcalde Gilmore, de poblada barba blanca, contó una leyenda que se escuchaba en la zona, Abraham expectante atendía mientras el viejo John W. Gilmore bebía vino que se escurría por los laterales de las comisuras. Diez años atrás hubo desapariciones de cazadores y se encontraron restos humanos en varias cuevas de los alrededores, la leyenda cuenta que unos monstruos devoraban a todo aquel que se acercara a las cavernas, y como expresó el alcalde abriendo su desagradable boca de apenas tres dientes: “Coronel, esas bestias vienen de otro mundo” y acto seguido mordió una pata de pollo arrancando la carne de ésta.
Abraham no quiso darle importancia, de momento…

A la mañana siguiente después del desayuno los expedicionarios salieron en busca de las huellas guiados por cuatro soldados del ejército de la unión y un oficial, el Sargento Alan Russell. Una vez que llegaron al final de las vías observaron el campamento de trabajadores, en su mayoría obreros chinos. Los operarios aportaron al Coronel y sus hombres más abrigos de piel por si una de las famosas tormentas de Alaska les sorprendía.

La intensa niebla se les echó encima y los 50 exploradores se quedaron solos en la zona ya que los trabajadores tuvieron que volver a Fairbanks para arreglar un tramo de la vía en mal estado, pero antes les advirtieron que tenían un plazo de treinta días para investigar lo que anduvieran buscando, en palabras del capataz chino Zhou Lin: “No podemos perder más tiempo en tonterías”.

Tras la despedida los científicos aprovecharon para inspeccionar la zona de las supuestas huellas, apenas había cinco kilómetros entre el final de las obras ferroviarias y las misteriosas pisadas. También decidieron llevarse diez caballos de carga para comer en el lugar. Después de comer divisaron una extraña cueva de grandes dimensiones, entonces fue cuando vieron las huellas junto a la entrada de la cueva que se perdían en su interior. Abraham Griffin analizó las huellas minuciosamente, no pertenecían a ningún animal conocido, eran grandes y parecían estar calzadas por algún elemento natural, cuero o material de origen vegetal. En ese momento Abraham se dio cuenta de que faltaban dos de sus hombres, mandó a doce de los suyos armados al interior de la gruta para inspeccionar, fue entonces cuando encontraron a los dos desaparecidos, parecían parcialmente devorados, comidos en sus partes blandas, uno de ellos sin ojos y ambos sin orejas. El coronel ordenó que se adentraran más. Cuando los perdieron de vista escucharon sonidos de objetos contundentes golpeando contra algo, después se oyeron varios disparos y muchos gritos. De pronto quedaron impactados al ver ante ellos veinte enormes figuras de pelo largo, ropajes prehistóricos y punturas de guerra. Parecían una horda de nativos salvajes o especie extinta, su piel azulada y su mandíbula prominente recordaba a un Australopithecus o algo similar. Estaban armados con todo tipo de objetos punzantes y casi al unísono emitieron lo que parecían gritos de guerra indios.

ALASKA 2
Fue en ese momento cuando, paralizados por el terror, varios hombres de la retaguardia cayeron debido al impacto de una decena de flechas que atravesaron sus cabezas. Estaban rodeados. Los indios se abalanzaron sobre ellos como si fueran depredadores y ellos la presa, Abraham desenfundó dos revólveres y todos comenzaron a abrir fuego para defenderse. Una vorágine de sangre y fuego envolvió la escena en una nube de horror, cuando todo terminó quedaron diecinueve exploradores supervivientes algunos de ellos heridos, los salvajes habían muerto. Pensaban que todo había terminado pero comenzaron a escuchar más gritos, alaridos como de animales que cada vez se oían más cerca, eso significaba que el lugar más seguro se encontraba en Fairbanks a 85 kilómetros de allí. Instintivamente comenzaron a correr hacia los caballos que habían escapado espantados por el miedo. Corrieron en dirección al campamento chino.

La tribu les seguía pisándoles los talones, durante la huida un gran oso apareció de entre los árboles y derribó a un explorador, le mordió en el cuello y lo mató. Otro científico disparó con su revolver al pecho del oso Grizzly y éste enfurecido cargó contra él, le mordió en el centro de la cara, arrancándola ésta y matándolo en el acto. Abraham estaba traumatizado, jamás había visto algo así, ni durante la guerra de Secesión. Fue entonces cuando derribó al oso disparándole a la cabeza repetidamente con sus Colt. Continuaron la marcha con los nativos cada vez más cerca, todo fue muy rápido. Una vez que llegaron al campamento siguieron las vías del tren. Siete heridos quedaron rezagados, aunque armados estaban débiles, se escucharon gritos agónicos, el sacrificio de esos pobres desgraciados hizo que Abraham y sus compañeros ganasen tiempo.

Los supervivientes pudieron recorrer veinte kilómetros más, la noche se echó encima y de nuevo volvieron los gritos de los salvajes, a su vez un sonido de galope cada vez más cerca, dos nativos a caballo armados con hachas aparecieron con antorchas. Saltaron sobre un científico, lo golpearon y le prendieron fuego, dispararon contra aquellas bestias que cayeron entre las llamas, los caballos salieron espantados. Solo faltaban treinta kilómetros para llegar a Fairbanks cuando al amanecer divisaron a lo lejos un grupo de unos 60 nativos que seguían tras ellos.
Se levantó una espesa niebla que sirvió de camuflaje a los nueve supervivientes, cuando estaban punto de llegar a la ciudad la tribu alcanzó al noveno hombre, rezagado por la fatiga. Comenzaron a desnudarlo y a continuación le echaron nieve por encima, frotándolo continuamente para limpiarlo, y delante de los aterrorizados ojos del coronel Griffin comenzaron a comérselo vivo. El líder de la horda de salvajes era enorme, tenía unos dientes afilados, la cara pintada de verde, y lucía un collar compuesto por orejas humanas. Este monstruo cortó la cabeza de su víctima y la arrojó a los pies de Abraham como muestra de poder. Y desaparecieron entre la niebla, parece que la ciudad hacía que no pudieran avanzar más.

Los científicos aterrorizados llegaron exhaustos, el alcalde Gilmore acompañado del médico atendió a Griffin y los otros siete, que no paraban de decir palabras inconexas, sin sentido. Mientras les dieron comida y agua explicaron lo sucedido.

Tras aquella experiencia traumática regresaron a Washington D.C. para seguir con sus vidas, pero no sin antes acudir a muchos médicos especializados en traumas psiquiátricos. Años después, los supervivientes publicaron sus experiencias en diversos medios de comunicación como el Washington Post, el Herald Tribune o el Alaska Journal.
Mi abuelo Abraham Griffin escribió su experiencia en un diario que tituló: “La maldición de Fairbanks”, y que hoy transcribo para vosotros curiosos lectores.
Líneas que hoy escribo desde la ciudad de Red Rock, lugar al que vinieron a vivir los 8 supervivientes de aquella pesadilla en busca de nuevas aventuras y expediciones.
Pero realmente ¿Quiénes son los que causan los problemas? ¿Los indios o los que invaden sus territorios?

 Samuel Q. Griffin a 4 de junio de 1943
-Una historia escrita e ideada por Amets Navarro-

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