Mi exilio a Elba

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Había descansado unos días en Livorno antes de decidir mi exilio a la Isla de Elba, embarqué en Piombino una ciudad siempre de paso, en mi equipaje apenas una camisa y un pantalón vaquero, no necesitaba más para evadir toda una vida. Me faltaba la canción de Perales y la recordé tarareándola en el velero que también quería escapar. Y se marchó, conmigo dentro. Para un retiro junto al mar nada como un Grignolino D’asti, buen compañero de viaje, un vino minerale que degusté al inicio de mi exilio en la Isla de Elba, el llamado vino del mar, dicen que si abusas de él hace creerte el mismísimo dios Neptuno. Es lo que le pasó a Napoleón, al corso le hizo ser bravo. Al ser de Córcega no era tan francés de ahí mi parcial admiración, tenía valor y el carisma suficiente para elegir un buen lugar para descansar del mundo, por eso elegí tal enclave en el mapa. Dado que el pequeño Bonaparte no tenía mal gusto quise seguir sus pasos, y en lo que a estrategias del alma se refiere rara vez se equivocaba.
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La sensación de libertad y conquista interior era total, en proa con el viento de cola empujando sentía los nudos a cada golpe de ola avanzando hacia un destino que jamás sería definitivo pero sí necesario. La costa me saludaba en flor, la primavera en auge era el cartel de bienvenida del hospitalario Portoferraio siempre floreado y con aroma a azahar y flores frescas.
Nada más atracar el pequeño velero me recibieron los violines toscanos que Carlo Buti me había regalado en Florencia tiempo atrás, sus palabras resonaron al pisar la bella Elba: “Uno siente ganas de cantar”.
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Calle arriba paseando entre sus estrechas calles, siempre en cuesta, uno las sube con la ligereza de sentirse libre, avanzo leyendo consignas religiosas en sus puertas con la paz interior del que ya se sabe condenado, tan solo por el mero hecho de nacer en pecado y con la intención de curar las heridas del alma siento la necesidad de abrir sus grandes ventanales para dejar pasar la luz. Elba es un gran ventanal verde por donde siempre pasa la luz, su luz es perpetua, brillante y soleada… Nosotros meras rendijas.
Un decorado de vida irrumpe para la siesta del pasado, me recompongo solo con respirar, la solitaria silla me invita al momentáneo reposo, tiene el mimbre necesario para saber que sobre ella puedo sentar lo que un artesano retirado construyó. En Elba todo se aprecia, hasta el último aliento, hasta el último recuerdo y el primer llanto. Empapado en sudor saco el pañuelo que mi abuela me regaló en travesías de campos de girasoles. Es un pañuelo de punto con los bordes azules y agradable al tacto pero siempre firme, mi frente lo agradece, lo vuelvo a doblar con el cariño de una madre y lo guardo en mi bolsillo para seguir adelante.
 El Fuerte que custodia las vistas de la Isla es un mirador bien decorado con jardines hechos para los sentidos, para caminar con los ojos cerrados acompañado del zumbido de abejas saludables y solo amenazado por conversaciones ajenas de transeúntes esporádicos y molestos. Por fin llego a casa de Napoleón Bonaparte y cierro la puerta para que nadie interrumpa mi encuentro imperial.
Los jardines de la casa son el retiro espiritual que uno siempre soñó, estatuas pétreas, motivos grecolatinos, cipreses toscanos esbeltos y delgados, y una torre que vigila el norte de posibles barcos fantasma invasores. Me retiro al interior a la señal del atardecer, las habitaciones están todas iluminadas, entre sus pasillos bustos y retratos del Emperador Corso, una vez en la biblioteca repaso sus tomos de cabecera, comparto su obsesión por la trascendencia y su gusto por la botánica. El cuarto de su hermana Pauline guarda un exquisito gusto por la coquetería, no interrumpo en demasía la tranquilidad de la fina dama pues no quiero despertar la antipatía del Emperador de los franceses y copríncipe de Andorra. Un cuadro de Bonaparte me sobrecoge, surge de la tumba para recordarme su eternidad, a otra imagen saco brillo, el cristal que cubre el retrato sonríe de nuevo y recupera la nitidez de antaño. Su rostro parece agradecido.
 La noche cae sobre la Isola d’Elba siempre iluminada, la luna refleja en el mar la calma de un reposo momentáneo que volverá a ser bravo. Es hora de descansar, quiero saber lo que se siente al dormir sobre la cama de Napoleón, pero no siento nada, tal vez mi desvelo se debe a mi osadía o simplemente no siento nada porque soy Navarro y ese orgullo no se cambia por nada del mundo. Pongo fin a mi exilio con una copa de vino y una frase que en voz baja dicta mi anfitrión: “Muéstrame una familia de lectores, y yo te mostraré las personas que mueven el mundo”.
 
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