Catando vino en la Toscana

No escondo mi mal hábito por la buena vida y reconozco mi adicción a los excesos moderados. El dios Baco representa la autodestrucción plácida, si bien todos nosotros caminamos hacia un final irreversible, la ruta del Chianti te da un atajo más elegante, es una elegancia rural, el valle del Chianti proporciona la clase del urbanita que aspira a ser campesino en las afueras de su vida. No se da degradación más florida que en la región toscana. El paisaje es una pintura al óleo ideada por un soñador y plasmada por el hijo de éste. Un cuadro inacabado con un verde ciprés erguido rodeado de otros árboles esbeltos y orgullosos, casi chulescos y por siempre toscanos.

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La vida es dulce y sencilla en el Chianti. El caldo de su vino atemperado sosiega y reposa un paladar acostumbrado al café a deshoras sin desayuno previo. El vino toscano es para saborearlo en buena compañía, ya sea con una fina dama o un bistec de ternera a la Fiorentina. Me gusta lo rotundo de su sabor, con ese toque de aspereza junto a un plato de habas secas, acompañando un jugoso hígado de censor encebollado al jerez. Su poso hace soñar y deja huella de su emoción, inspira y acentúa el arte en cualquiera de sus formas, en toda su expresión… en la tuya propia, créetelo.
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Llegué a Greve bajo el sol de la Toscana, que se reflejaba entre rubios campos de girasoles, y proyectaba una luz de domingo a mediodía digna del propio pincel de Van Gogh. Me senté en aquella plaza del pueblo y pedí un Chianti Classico Retromarcia, el tiempo se detuvo. Apenas sentí su tacto en mi paladar, afrutado y ligeramente amargo, dejando un poso sostenido y delicado, un regusto a madera seca, a decisión por tomar, a viento cálido. Es entonces cuando decides compartir tu vida junto a una de esas botellas envueltas en mimbre y llevarte la merienda bajo la sombra de un ciprés altivo, mientras, oteas tus dominios o crees que son tuyos, al menos por un día, y piensas en una jubilación anticipada. Se acelera el pensamiento y corre hacia adelante visionando una auto-caravana Fiat y una mujer a tu lado de plateados cabellos y dorado anillo que te sonríe con la expresión de un pasado glorioso.
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Afortunadamente queda mucho tiempo para ese, mi triste final. Estas visiones solo son posibles con la ingesta abusiva del buen Retromarcia, un vino que curiosamente corre hacia adelante proporcionando unas visiones de futuro poco halagüeñas. Hay un vino para cada momento, para acompañar una buena carne es muy recomendable un tinto Castello Banfi, o para un retiro junto al mar nada como un Grignolino D’asti, un vino minerale que degusté en mi exilio en la Isla de Elba, el llamado vino del mar, que hace creerte el mismísimo dios Neptuno si abusas de él. Así le pasó a Napoleón, al corso le hizo ser bravo.

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