Piazzale Michelangelo

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El largo paseo desde mi amado ya borgo San Frediano comenzaba con la degustación frugal to go! para seguir caminando sudando ilusiones en racimos de uva, y deseos a cada mordisco de corazones jugosos en melocotones maduros. Las manzanas aguardaban en silencio pero hacían compañía al sol, también a mi. Dame tre parole (recordé la canción sonriendo)

Encaraba un paseo cuesta arriba, idílico pero solo apto para enamorados con esfuerzo, separados con propósitos, mujeres con carácter o solitarios con un pasado que recordar. A mi paso antiguos palacetes de esplendor florido pero de fragancia decadente, mansiones reconvertidas en hoteles de lujo o regentados por aristócratas venidos a menos, algunas villas habitadas por viudas operadas en edad de renacimiento, con vestidos de noche y laca que huele a neorrealismo.

Todo en perpetua reforma, extensos jardines desbordados que se rebelan a tu paso, sin respeto, ramas agresoras, maleza rebosante que busca el contacto y la provocación al caminante, celosa naturaleza de un terreno toscano que siente suyo.

El viale tiene un descanso aparente, Piazzale Michelangelo, las mejores vistas para reclamo de turistas de itinerario prepago y pack que incluye: Bus, palo de selfie, parada con foto sonriendo, y hasta novia o novio en su defecto, siempre defecto. Recorrido dirigido hacia puestos de souvenirs, kioskos que calman tu sed y tu bolsillo, y la prueba de fuego: caer en las redes de la mejor terraza de Florencia a 9 euros el café.

A todo esto la réplica de un David de Miguel Angel enfadado por la escena e inmovil y para siempre impotente…no solo en lo físico.

Después el descenso por fin en solitario para llegar al Puente Niccolo, cruzarlo a golpe de fría aqua frizzante y llegar hasta la Porta alla croce, de ahí a Piazza Cesare Beccaria, sin Lewinscky alguna. Parada en una pequeña heladería. No era el mejor cono de pistaccio, comparado con la máxima delicia en días anteriores, pero lo superaba el sabor de sus tenderos, una pareja de jóvenes brasileños, inquietos y viajeros que soñaban con vivir en Paris. Dio tiempo a una buena conversación y hasta de regalar una tarrina de limone a un sin techo, dio tiempo también para admirar su libertad, sucio pero libre. Ni mil duchas limpian el alma de los malditos, pero apuesto que la de Luca estaba limpia… aunque ya jubilado de la vida.

Tras despedirme con un Ciao Brasil, subo a Via Corducci y llego hasta la Sinagoga de Florencia. Impresionante, tanto en su figura como en su seguridad. Nada de fotos, nada de bolsos. Todo se guarda en una taquilla y se paga una entrada de 6.50 euros, se accede. Sinagoga, museo y donativos. Firmo en el libro de visitas. A la salida compro una botella de agua en una máquina autobar, se acerca un militar metralleta en ristre, vigila el sitio. Saca un café express en el express de su descanso. Mantenemos una charla amigable hablando de lo divino y lo humano, de los toros de Pamplona y de su floreciente Florencia, tan ansiada como redundante y a veces hasta sobrevalorada, pero con la brillante capacidad de sorprendente in crescendo hasta enloquecer como Stendhal.

Apuro mi café latte con hielo mientras escribo estas líneas en la miniterraza del Ristorante El Sedano Allegro, florido y contento con un vaso acabado ya, y una cuenta por pagar: 2.60 e.

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