Geoffrey Lewis (RIP) El sudor de un actor con punch.

Geoffrey Lewis

Se nos ha ido Geoffrey Lewis, un buen actor siempre en voz baja pero con Punch. Fue un rostro de primer plano sudoroso y dorado, angelino y brillante que siempre recordó a un Spaghetti western de carretera. Pasó por ahí con el carisma de un buen secundario, signo de una época televisiva y cinematográfica principalmente ochentera. Me recordaba a Richard Jaeckel, otro grande en voz baja y ojos claros.

Lewis tenía un aire sureño de atardecer cervecero bajo el porche, de mecánico doméstico, de compañero de juergas, de buen amigo. Si no sabías dónde encontrarlo debías acudir al club Palomino, en donde nunca deja de sonar la música Country con el mejor sabor de una fría Coors y el calor nocturno de Tucson (Arizona). Allí podías encontrarlo rodeado de amigos casados con mentiras de fin de semana, con su gorra de Basseball que solo giraba cuando apostaba y creía en sí mismo. Geoffrey tenía un Cadillac rosa que siempre estaba reparando, un orangután que se llamaba Clyde y una madre que siempre estaba enfadada. También tenía una hija que visitaba bares abiertos hasta el amanecer llamada Julliette Lewis.

Geoff frecuentaba peleas ilegales en las que sacaba buenas tajadas para sus tajadas y para sus amigos y familia, se podía confiar en él. Llegó a gastar un botín de 500.000 dólares que por supuesto disfrutó. Era duro de pelar, tanto que se prestó durante un tiempo como mozo de circo y hasta fue indio al que lanzaba cuchillos Bronco Billy. Itinerante y nocturno acudía al jardín del bien y el mal en donde entraba y salía con gran habilidad. Tenía coraje, sudor y pólvora a partes iguales, ah y no le gustaban los funerales, por eso era cienciólogo… por dinero. Era pelmazo de discoteca y ante todo sabía perder. Cuando nadie quería ir en verano a Tucson siempre podías contar con él. En ocasiones y de forma fortuita bebía de los placeres de la vida, una buena añada la del 83 cuando cató el vino de Napa Valley en aquella finca… Falcon Crest, creo recordar. Pero esa vida no le iba y rápidamente volvía a las carreteras para seguir su camino zigzagueante como si fuera uno más del Equipo A.

Su vida fue muy familiar, tanto que procuró siempre estar fuera de casa, porque tuvo diez hijos y varias esposas para recordar. Amaba la interpretación pero era consciente que vivía dentro de un mundo de Infierno de cobardes.

Dicen que sus últimas palabras fueron para su amigo Clint Eastwood : “A la derecha Clyde”!!

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