En busca de Yul Brynner.

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Había llegado el momento, amanecía un 4 de enero de 2014 en Richelieu, los grandes ventanales del gran hotel Le Puits Doré se abrían ante mí respirando el oxigeno del tiempo, me asomé a un ventanal amurallado y medieval pero con el espíritu de la soledad del octavo magnífico. Desperté con la sinfonía de Elmer Bernstein, sabía que estaba muy cerca y el nerviosismo se apoderaba de todo mi cuerpo. La noche anterior había llegado hasta las inmediaciones de Luzé pero no pude ver luz alguna, tan solo un viejo monasterio abandonado. O eso parecía. La luz de invierno guiaba mi viaje y la decisión de honrar la figura de mi admirado “Chris” de Los Siete Magníficos, por ello había llevado hasta allí su sombrero negro, a modo de ofrenda lo colocaría sobre su lápida, que mejor homenaje que el de la eternidad del celuloide.

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La idea de buscar a Yul Brynner me había surgido años atrás, en un bonito rincón de Sicilia, alojado en el flamante Capo dei Greci un complejo hotelero cerca de Taormina. El hotel tenía un ascensor que descendía hasta un acantilado, al salir del ascensor había que atravesar una galería de túneles subterráneos hasta llegar a un entarimado de madera oscura que hacía las funciones de playa privada. Las parejas curtían sus cuerpos al sol o chapoteaban en un mar en calma azul y brillante. Agobiado por tanto relax y exhibicionismo de cuerpos aceitosos decidí tomarme un Martini en el bar con vistas a mi océano sumergido en vaso cónico.

Mientras el camarero colocaba un platillo de uvas entusiasmado por su frugal aperitivo pregunté si conocía la película Westworld, contestó que no, a la vez que se preocupaba en mejorar la posición del toldo con un movimiento de rudimentaria manivela. “Esos túneles…” –pensé- Encendí el video de mi cámara de fotos y me adentré de nuevo en las oscuras y frescas galerías. Estaba claro, recordaba esos planos, estaba viendo a un veterano Yul Brynner caminando agarrado a su cinturón ejerciendo de robot asesino en la mítica “Almas de metal”. Veía su seriedad, sus ojos inyectados y esa rigidez al caminar. “¿Qué haces?” me preguntó alguien ante la incomprensión de mi comportamiento… Me da igual lo que piensen, nunca entenderán que estaba disfrutando en aquel agujero, que me estaba riendo pensando en la posibilidad de unos planos tan sublimes, que me daba igual el exterior, el glamour de personas vacías, de chulos de playa, de chicas en bikini que hablaban raro, en definitiva, de pijerío con fecha de caducidad. Para unos seré un friki, acepto su incomprensión, pero ¡ay amigo! Ese momento de pálpito, del recuerdo de aquellos pasillos, de rememorar aquellas escenas, eso era simplemente sentir el maldito CINE entre mis venas y no lo cambiaba por nada.

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Fue en aquella isla de tan grato recuerdo en donde pensé que tenía que buscar la tumba de Yul Brynner, y cuatro años después lo iba a conseguir rindiéndole mi particular homenaje en un precioso y olvidado rincón de la campiña francesa.

Como una extraña elipsis su personaje de cyborg en Westworld (1973) hace un meritorio guiño a la figura de Chris Adams el jefe de los Siete Magníficos (1960), eterno sin duda. Y todo volvía de nuevo a su sombrero negro entre mis manos, arquetipo que debía devolver. Al salir de Richelieu mi pensamiento conforme avanzaba hacia la Abadía de Luzé recordaba su figura en fotogramas como “El rey yo”, “Los diez mandamientos”, “Anastasia”, “Salomón y la reina de Saba”, “Taras Bulba”, “Mi doble en los Alpes”, “Los Bucaneros”, “La batalla del río Neretva”… o tantas otras. Buenas, regulares, mejores o peores pero siempre su presencia… su gran presencia que llenaba la pantalla.

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Pasé la bonita localidad de Marigny Marmade, y llegué a un viejo monasterio ortodoxo. La abadía estaba semiderruida y la mansión anexa daba la sensación de estar deshabitada. De camino tan solo me topé con la presencia de unos cazadores a los que espanté con mi claxon sus ansiadas perdices, que levantaron el vuelo alertadas por el VW Golf, al que llamo cariñosamente “Coyote”. (Travieso como siempre).

Aparqué al borde del camino, en medio de la mansión y la abadía. Ningún otro coche. Tan solo verdes pastos. Me aventuré a buscar al mítico actor. Todos los accesos estaban cerrados, así que salté dos tapias y otro par de alambradas invadiendo la propiedad privada de la que hacía gala un cartel… nada, no encontraba el emplazamiento, desanimado y embarrado volví sobre mis pasos pero fue en ese momento cuando me fijé que, junto a la puerta del monasterio, había una campanilla con una cuerda que parecía susurrarme al oído que tirase de ella, y así lo hice. Al cabo de un rato escuché unos pasos que se acercaban, una ventanita se abrió y unos ojos me escrutaron. Me presenté con mi francés de acento navarro: “Buenos días soy periodista y vengo desde España para ver la tumba de Yul Brynner, quiero hacerle un homenaje y escribir sobre él”. La puerta se abrió como por arte de magia. Una anciana me recibía con el hábito negro de una monja ortodoxa cubierta por una especie de sudario, en el que se adivinaba un rostro ajado y sereno, dibujando una sonrisa que mezclaba duda, asombro y curiosidad. Muy amablemente me dijo en voz baja el lugar exacto en donde yacía el cuerpo de Yul. “Es la primera vez que alguien “así” viene a verlo que no sea familia o allegados. Brynner era ortodoxo y le encantaba este lugar”. Otra religiosa octogenaria se acercó curiosa. Estaba escuchando la conversación. Agradecí la información y prometí volver para ofrecerles un donativo ya que mi cartera la tenía en el coche. Al decir esto me invitó a pasar a una pequeña capilla repleta de iconos de madera, preciosos. Me despedí con un “hasta luego” “A tout a l’heure”.

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Seguí las indicaciones de la religiosa, tuve que saltar una valla con cerrojo y alambre espino, como así me aseguró.

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Y fue entonces cuando apareció ante mí un pequeño cementerio, bajo un frondoso seto la lápida del gran Yul Brynner, no puedo describir lo que sentí en aquel momento, un silencio solemne, un segundo de quietud… se paralizó el tiempo. Deposité aquel sombrero, el icono de toda una leyenda del celuloide, el sombrero negro que nos hizo soñar a tantos con la épica de Los siete magníficos. Y le di las gracias por tantos momentos de cine, por ser pirata, pistolero, egipcio, mongol, guerrero, rey, esclavo, espía, y por antonomasia calvo del cine, Gracias por todo, me quedo con aquel momento que tan solo mi retina filmó.

Volví al monasterio para cumplir mi palabra y donar la voluntad a tan amables religiosas, toqué de nuevo la campanilla y al abrir le di un abrazo de agradecimiento, gracias a ella fue posible. Presenté mis respetos en la pequeña capilla y dejé el donativo en una vieja urna agrietada. Cuando me iba ya hacia la puerta, antes de despedirme, se me ocurrió algo impresionado por tan insólita estampa, la anciana con aquel hábito realmente imponía respeto dando al momento un aspecto anacrónico.

“Hermana, tan solo una última pregunta, ¿puedo sacarle una foto?”

-“Lo siento, no se puede, no se nos está permitido. Pero lo más importante es que me llevo tu foto en mi corazón”. Me dijo llevándose la mano al pecho.

Así que como podéis imaginar amigos lectores guardé mi cámara con la vergüenza de recibir una gran lección de humildad, de integridad. Y me recorrió un escalofrío que no puedo describir, emocionado por tan especial jornada le lancé un beso con la mano, arranqué mi Volkswagen y me fui de allí con tanto amor por el cine como por el ser humano. Porque tal vez alguien quiso que fuera así, simplemente un día mágico… como dijo Yul Brynner:

“Cada día hago las cosas lo mejor que puedo, lo intentaré un día más”.

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