La reflexión del Martini y la oliva.

Como preparar martinis de sabores portada

Sobre el Martini y la oliva.

Siempre me he preguntado acerca del significado de la aceituna sumergida en el triángulo de una copa de Martini. He compartido horas de tertulia sobre ello y creo que su respuesta es abiertamente personal, que tiene un eco casi antropológico, llevo prácticamente siete años haciéndome preguntas acerca de la oliva y su palillo, y estos días creo que he obtenido la respuesta, al menos la mía. Una copa de Martini tiene un estilo propio, un aire presumido y elegante, un toque de romanticismo al atardecer, de conversación a mediodía y de nostalgia al anochecer. La importancia del recipiente, no sabe igual en otra geometría, debe ser estrictamente simétrico, de contenido abierto que sin ser copioso sientes que al contacto con tus labios temes que rebose, que sientas que no puedas controlar su desbordamiento, de ahí que te exija beber con el sorbo de la prudencia para que valores su sabor, seco en su exigencia, por ello hay quien lo quiere con un toque de ginebra, un Dry Martini. Su copa es un Océano que se abre ante ti para disfrutar del día, para respirar su sabor indómito vestido con clase. Dicen que su momento es con luz, en una terraza siempre al aire libre sobre una mesa soleada, rodeado de un ambiente moderadamente urbano y con vistas al balcón de cualquier mar abierto o asfalto ajetreado.

Hay un aire de soledad en ello, de recuerdo y cómo no: de anhelo. He bebido muchos martinis en el vermouth de mi vida, en el aperitivo de mi juventud… y la reflexión ha sido diferente en cada momento, siempre inolvidable. Un buen Martini ha de saber estar al margen sin salir de la conversación, es observador, te recuerda lo que fuiste y te alienta en lo que serás, alegra tu mirada, tu intimidad, habla de sueños, de proyectos e ilusiones, de triunfo y de saber perder, pero sobre todo un buen Martini saborea el momento, tu presente junto a mí. Recuerdo uno en un San Fermín primigenio e indolente, el eufórico de Palma ya en un tiempo lejano. Uno Bianco en Ibiza, en Café del Mar, el Rosso con Soda en Barcelona, cualquier día a las doce. O el imprescindible de Madrid, de tres tragos y con una espiral de limón.

He vivido copas inolvidables como el Martini siciliano en la playa privada del Hotel Capo dei Greci. O el sorbo a pleno sol en un yate rumbo a Stromboli. Beber en cualquier balcón de Santorini, o en una terraza de Bretaña, en aquel café de Normandía, o en ese rincón parisino de Montmartre. También recuerdo un trago en Chania o el esplendor natural de la playa de Elafonisi. Más reciente el que pude saborear en una fiesta Vogue de Hollywood Boulevard… fascinante, o en Vine cuando en El Floridita pude ver en directo a Johnny Polanco y su conjunto Amistad.

Hay varios lugares en Los Angeles que es obligatorio tomar un buen Martini como en el Frolic Room o el Musso y Frank. Aunque me falta la catedral del Martini que se encuentra en New York y es ese templo llamado Cipriani. Iré, lo prometo. Mientras, ya estoy preparando el próximo que será en Capri, un Martini Bianco con una espiral de limón y esa aceituna atravesada por un stuzzicadenti (palillo).DSC_0502

En un Martini hay un aire de crooner, de solista, de Sinatra, Dean Martin, Joe Dassin o Julio Iglesias, de Cary Grant, Sean Conery o Humphrey Bogart pero también hay un aire cotidiano de historia por contar… Porque volviendo al principio… Siempre me he preguntado acerca del significado de esa aceituna atravesada y sumergida, que le da ese penúltimo gusto ligeramente agrio antes del trago final, ese toque singular e irrepetible antes de arrojar el palillo por la borda. De todos los Martinis ninguno como aquel del 2007 en Roma, muy cerca del Bar Calisto en Trastévere, en aquel local donde discutí por primera vez el porqué de la aceituna, hasta hoy no supe la respuesta: Un Martini Rosso o Bianco es todo un mar de vida, en él está sumergido nuestro corazón herido y mediterráneo, es una oliva atravesada por las circunstancias, por el amor, por el desamor, por la vida y la muerte. Eso y mucho más es beber una copa triangular de Martini con una oliva atravesada. Porque ella contiene alegría, dolor, recuerdo y esperanza. La aceituna es nuestro corazón Mediterráneo. Simplemente nuestro eterno retorno.

dry martini

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