Limoges.

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Cenaba tranquilamente en un McDonald’s de Trélissac, muy cerca de Perigueux. Reflexionaba sobre mi reciente aventura en busca de Yul Brynner. Sobre esos 4 días en los que había disfrutado de la campiña francesa, Oradour Sur Glane, Limoges, Richelieu, Luzé, Montresor, o Valençay entre otros preciosos lugares. Su historia, su tragedia y su recuerdo. Sentimiento del ayer en un presente acelerado que dentro de mi auto ralentizaba para trazar suavemente cada curva que se presentaba en mi camino.

En compañía de Lana del Rey llegué a Limoges. Me recibió húmeda, la ciudad me refiero, pero acogedora e invernal, con esa calidez de hogar que te brinda su imponente Catedral. No así los 4 euros del Café au lait de la plaza de al lado. Caliente en mi paladar pero frío en mi bolsillo, al menos la presencia de dos espectaculares camareras hicieron de mi sorbo un azucarado momento, desechando el sobre de sacarina, por supuesto.

Una pareja de ingleses discutía en la mesa contigua. Nadie lo hacía “conmiguo” puesto que viajaba solo. En ese momento pensé que no me gustaría ser el tipo esmirriado con greñas y gafas al que su chica no soportaba. Por medio segundo me sentí hasta afortunado e incluso la camarera me sonrió haciéndose cómplice de la situación de la pareja, otrora enamorada.
Y digo afortunado porque a pesar de la clavada del café, sabía que aunque en ese preciso momento lo hubiera perdido todo, me sintiera solo o incluso abandonado por la mujer de mi vida, al salir de aquella cafetería me esperaba un Volkswagen Golf, y eso me hacía feliz y era cierto.
Me fui con un “au revoir” “a tout a l’heure” y con la discusión de fondo interminable. Al salir me percaté que sobre la mesa de los desenamorados se encontraban las llaves de un Peugeot de alquiler, a todas luces era el motivo de su discusión, que había originado la chispa de los trapos sucios.

liArranqué mi Volkswagen y me largué de allí con la catedral a mi espalda, la pareja enojada, la rica camarera sonriendo, el contento propietario que había timado a un español, un cuerno de croissant en la mesa de mármol rodeado de migas, cuatro euros menos, y el paladar quemado debido a la leche ardiendo de una inglesa pelirroja, que saldría de allí con el hombre equivocado… y con un Peugeot de alquiler.
De fondo sonaba de nuevo Lana del Rey y su “Born to Die”. Limoges o no mojes olía a humedad otra vez. Di un trago de supervivencia a mi agua embotellada de algún embalse francés, posiblemente situado junto a una central nuclear.
Eran las 12:37 y no se me quitaba el sabor del café, tal vez hubiera preferido una taza de té con una corteza de Limoges.
Despacito y serpenteando callejuelas me topé con un empleado de correos que montaba una bicicleta amarilla con un rótulo en las alforjas: “La poste”. El señor con mostacho o moustache, que no bigote, me saludó acercando la mano a su gorra con aire marcial, de no haber visto su romántica bici hubiera acertado a decir que era un gendarme. Tal vez lo fue, no lo descarto.

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Calle abajo una chica caminaba contoneándose con un sexy movimiento de trasero. Era una chica de atractivo caminar, pelo a lo garçon y un bolsito Desigual que mantenía con el equilibrio de sus caderas. Hablé con ella, no sabía qué dirección era la correcta puesto que la calle tenía dos rumbos al final de la escapada.
Sonrió, era menos joven de lo que parecía desde su bonita espalda. Rondaba los cuarenta y tantos pero no había perdido el brillo de unos ojos que, 20 años atrás, hicieron del vecino un insomnio insoportable.
Me esforcé tanto en mi francés como ella en su español, pero nos entendimos a la perfección y por supuesto tomé el camino adecuado gracias a su indicación.

lmMetí primera y la chica madura con aires de Jean Seberg siguió con su caminar, enamorando a vecinos trasnochados que hacía tiempo habían perdido el insomnio.
Impulsivamente miré por el retrovisor, y me di cuenta que llevaba media baguette en su mano derecha y con la izquierda pellizcaba trocitos de pan que se llevaba a la boca como una cría de ave a la que ya nadie alimentaba. Seguro que vivía sola y pensaría: “Qué hace un español aquí perdido… ya se marcha para siempre otra vez”. Y después de un instante todavía masticando la pequeña corteza tomaría una decisión: “Esta tarde tomaré chocolate a la taza y llamaré por teléfono a Clarisse”.

Eran las 12.49 y bajé la ventanilla. (CONTINUARÁ…)

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