Watermelon Day

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Aquella mañana amanecía calurosa en el barrio de La Mirada Ave. Compré  fruta en la pequeña tienda hondureña de Wilton, como siempre. Toc, toc! Toqué la puerta de la caravana de mi vecina australiana Suzanne que me había dejado su móvil para realizar una llamada de ensueño, abrió los ojos como platos y sonrío… vio mi cara escondida tras la sandía, I have a present for you… Suzanne era brusca pero auténtica, mordió el rojo del melón de agua y chocando mi mano siguió trabajando en su despacho-caravana, técnica de sonido de cine.  See you! Caminando salí del barrio con mi cargamento de mango y sandía al encuentro del bus, el n 4. Era lento pero necesitaba su pausa. con la única compañía de uno mismo con el que me había reencontrado apenas días antes, puse rumbo a la playa, a Santa Monica Pier.

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En Santa Monica el tiempo es cambiante. Por mucho calor que haga, la niebla se presenta de pronto… El Pacífico me saludaba efusivo, como siempre indómito. Allí sentado sobre mi toalla comía sandía, solo y sin nadie alrededor, tan solo la compañía de las gaviotas y la caseta patriota de un vigilante de la playa que ya no recordaba a Mitch Buchanan.

Lejos del bullicio de turistas del fin de semana la playa más alejada del muelle era tan enorme como tranquila, un miércoles cualquiera.

Y fue allí cuando el tiempo se detuvo. Sobre mi cuello el colgante bendecido de tierra, mar y viento que una Reina hippie de Las Vegas me había impuesto como tributo a la diosa Tierra. Una mano de Fátima que nunca abandonaré. Son encuentros que el momento otorga, un regalo para los sentidos. La princesa itinerante se había acercado para decirme que yo desprendía un aura especial, que tenía luz que surgía de mí e irradiaba energía. Ella lo veía. Era la Reina del Pacífico, una sirena que surgió de ninguna parte para no volver a ver jamás, quién sabe, otros rumbos y otros mares surca ahora, seguro. Esto solo te lo da California.

Fueron momentos y días en la soledad de mi trabajo, de mi escritura del encuentro con mi interior. Palabras de Luis Cernuda que resonaban: “Tu justificas mi existencia: Si no te conozco no he vivido, si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”. Y ya no me refería al recuerdo del pasado, sino al presente de ese momento. Ahora que ya no hay vacuna para la soledad, me refiero al encuentro con uno mismo, al contacto con la Madre Tierra. A los instantes de pura vida que allí pude respirar… A la luz verde al final del horizonte, esa luz que crees tocar con los dedos pero no alcanzarás nunca, a la sensación de esperanza del Gran Gatsby. Al consuelo de los perdedores que viven rodeados de falsos éxitos, traiciones vacías y sufrimiento impuesto. Las circunstancias de Ortega y Gasset en ese lugar producían lágrimas de pena y risa de esperanza a partes iguales. Fue solo un instante…de pronto todo se siente de forma amplificada, uno flota en armonía con los pelícanos que vuelan en formación, con las ballenas que diviso al fondo, con los delfines que juegan con las olas, con las gaviotas que hablan al atardecer, todo, todo eso lo estaba viendo, más real que nunca, con el viento de popa de un barco que volvía a reflotar, ese barquito navarro del mar de ultrapuertos que hace siglos perdió. Solo había una palabra para ello: HIPERREALIDAD.

Es el Watermelon Day, donde el paraíso y la reflexión conviven.

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