Un paseo por Beverly Hills…

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Sonaba “The heat is on” en mi iPad mientras caminaba por West Hollywood, rumbo Beverly Hills. Axel Foley había vuelto más pálido y más Navarro que nunca. Era una de mis pelis preferidas de los 80: Superdetective en Hollywood, Beverly Hills Cop. Sentir sus calles era rememorar la entrada triunfal y alegre de aquel chico de Detroit que conducía un viejo y destartalado Chevi azul del 68. El recorrido ya lo había hecho junto a una rubia angelina en un VW Jetta, pero ese día iba solo, solitario y feliz con Glenn Frey en mis oídos en el caminar colorido de esta zona de L.A. Glamour por doquier, banderas arco iris, músculos gays e impresionantes chicas saliendo del gimnasio. Dos tipos de la mano pasean un precioso Golden Retriever mientras saluda a otro tipo que está sentado con su chihuahua en la terraza del Starbucks. Ante mí una morena impresionante de pechos operados me guiña un ojo, y ya estoy despistado con el trasero de otra rubia que pasa haciendo footing. California es para mí.
BH
A la altura del cartel anunciador del exclusivo barrio, la vecina de la mansión de al lado compite en peluquería con su caniche gigante y se copian los andares. Palmeras de altura y una avenida diseñada para planos ascendentes. Es Beverly Hills.

Otro cartel señala el toque de queda del lujoso emplazamiento. Hay normas y horarios de entrada y salida, muy cerca la estación de Policía más elegante y pija de todo USA.

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Encaro Rodeo Drive para ir de compras, compro con la mirada es un buen análisis sociológico, tiendas de las más altas marcas compiten en exclusividad, los precios no aparecen, sí chicos y chicas de pasarela que abren sus puertas cuando pasar junto a ellas. Te sonríen e invitan a pasar e incluso a tomar algo, como si de un restaurant de 5 tenedores o 6 se tratara. Versace, Armani, Dolce&Gabanna, no falta nadie en el mercadeo de vidas subidas de azúcar. Ingredientes todos ellos excesivos, Lamborghinis, Bugattis y Ferraris aderezan la avenida y decoran las entradas frente a los escaparates. Hablo con un tipo que lleva 20 años trabajando de aparcacoches-vigilante. Su propina son 100 dólares la hora, lo que tarde el patrón en hacer la compra.
Muy cerca de allí el Regent Beverly Wilshire, el hotel de la peli Pretty Woman, nido de amor del tal Richard Gere y la guapa Julia Roberts. 1500 dólares la noche.

DSCN0314*Edificio Regent Beverly Wilshire a mi espalda.

DSCN0308Me hago una foto ante el edificio y una señora o señorita de unos 50 años, alta, rubia, vestido azul y operada hasta su sombra, me pide que le haga los honores con su Canon Reflex último modelo. Me sorprende que un vehículo todo terreno, cristales oscuros y chófer con gorra aguarda junto a ella, o mejor dicho ellas. Pues a la señora la acompañan 4 asistentas que le llevan las bolsas de la compra. Son 4 chicas hispanas que no se ponen para la foto, esperan apartadas a un lado. “No por favor”, insisto, “Todas juntas”. Dudan, titubean, no se atreven. No pulso el disparador hasta que no están en mi visor, y acompaño mi insistencia con un movimiento de mano buscando el encuadre. Finalmente la “jefa” da la orden de acercamiento y se cumple la instantánea. Es un momento divertido y todas ríen artificialmente, tanto que me parto de risa. Es Rodeo Drive, donde hasta el oxígeno es más caro y respiras American Express.DSCN0296

DSCN0283DSCN0294DSCN0304DSCN0291DSCN0299DSCN0301DSCN0298Volver sobre mis pasos es perder el zapato de cristal por el camino de vuelta y la carroza se vuelve calabaza cuando retorno a mi querido bus en West Hollywood. De nuevo el ruido de transeúntes de mil procedencias, vagabundos, drogadictos, gritos y las divertidas broncas, vendedores de bolsas, veteranos de guerra, centroamericanos, negros, skaters y personas que terminan su jornada laboral, un chico con gorra posa sin querer su cabeza en mi hombro, está dormido, el balanceo de la siguiente curva le hace volver a su posición inicial, es como un muñeco abatido al término del trabajo, un muñeco del sistema, una víctima más del dólar. No tan diferente a los caminantes consumistas y consumados llenos de dinero y vacíos de experiencia, experiencia de vida. Me siento bien, al fin y al cabo estoy rodeado de autenticidad, de los míos. El autobús número 4 es el nexo de unión de dos mundos tan opuestos como unidos por una misma moneda, un papel arrugado que miro sin pestañear, cuántas vidas en aquel viaje de vuelta de Rodeo a Downtown, dos mundos separados por 1.50 dólares.

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