CRÓNICAS NORMANDAS. -Capítulo 22- La playa triste de Quinéville.

DSCF1260Hay playas en las que no te puedes bañar. Quinéville es una de ellas. Tiene el castigo del tiempo, la soledad del viento y el susurro de la decepción. La bala perdida de la primavera del 44 quedó silbando en su orilla. El búnker museo observa con timidez a través de su tronera defensiva un mar gris para siempre triste. En sus aguas reposan todavía hoy minas, proyectiles sin estallar y palabras que saben a traición y salitre. Desde la arena en la que ya nadie apenas camina uno puede imaginar veranos cálidos de hamacas al atardecer, niños que corren con padres ociosos y madres que observan riendo con gafas de sol. Una estampa que en la triste playa de Quinéville nunca ocurrirá.

En Quinéville hubo colaboracionismo, traición y muerte. La traición es el asesinato del alma. Aquí se dio, y también en un puñado de corazones que lo dieron todo para nada. Un corazón que es grande siempre lo será hasta hecho añicos. Hay héroes anónimos traicionados que yo nunca sabré su nombre. Un hombre olvidado es un hombre muerto. No sé los nombres de los hombres traicionados en esta playa, pero los honro con mi memora maltrecha. Un hombre recordado sin nombre es un hombre recordado y aunque no sepa cómo se llama tiene mi recuerdo y eso es suficiente… al menos para mí.

Más allá de un mar traicionado existe un  horizonte infinito, esperanza o perdición quién sabe. No me quedaré en la orilla de Quineville sin avanzar, lucharé por seguir adelante con un puñado de recuerdos en el bolsillo y al menos bañaremos la conciencia en estas frías aguas. Como dijo Vicente Espinel: “La traición la emplean únicamente aquellos que no han llegado a comprender el gran tesoro que se posee siendo dueño de una conciencia honrada y pura.” No sé si la mía lo es, pero al menos es auténtica. ¿Te has preguntado cómo es la tuya? No hace falta, ella te responderá tarde o temprano. Yo al menos obtuve respuesta.

No sé si volveré a ver la triste playa de Quineville, lo dudo… Pero al menos pude conocerla. Pudo ser la mejor playa de Normandía, hoy nadie se acuerda de ella, tan solo un pobre soñador que honra la memoria de los olvidados. Hay más playas como Quineville en donde jamás sale el sol y apenas hay espacio para la esperanza, nada es imposible. Nunca digas nunca. Never say never.

Mañana seguro, saldrá el sol… mas allá de la playa triste de Quinéville. DSCF1259

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