CRÓNICAS NORMANDAS -Capítulo 21- Carentan.

Carentan vista.Llegamos subiendo la leve pendiente de la Rue Holgate, calle arriba nos esperaba el café de la una, mediodía en mi rostro y el saludo de un espontáneo rayo de sol. Sentado en el café de Normandie sorbía el pasado. Nadie ya parecía recordar, los jóvenes paseaban su olvido en bicicleta, las señoras caminaban erguidas su rutina elegante, a mi lado un caballero de mirada triste ojeaba las últimas páginas del periódico, mientras rebotaba una pelota que tímidamente llegaba a sus pies, tras ella un niño de pantalón corto reía divertido.

Era 25 de agosto de 2011 o al menos eso creía y la tarde por fin amanecía soleada. Atrás habíamos dejado Saint-Lô. No me refugié en sus impresionantes túneles ni sonó la sirena de los bombardeos, pero escuché los susurros que el viento trajo recordando un pasado mucho peor. El parque de Sant-Lô cuando oscurece es un quejido incómodo que calla lo que sabe y no habla hasta el día siguiente.

Otro sorbo al café au Lait. Ya no humeaba la taza del señor de la mirada triste, ya no había pelota, ni niño, ni bicicletas, ni lucía el sol. Habían desaparecido las atractivas señoritas de clase y estilo. De pronto me encontraba solo sentado ante una calle en blanco y negro. Un sonido de motor doblaba la esquina y ante mí un Jeep del ejército clavaba sus frenos. Sonriente un soldado bajó del vehículo con un brillo de especial satisfacción:
-“Lo conseguimos chicos”.-Exclamó. ¿Chicos?-Pensé- y fue entonces cuando me di cuenta que no estaba sentado en una silla ni en terraza alguna, estaba sentado sobre un bordillo, con mi espalda en una puerta. Dios mío y estas ropas… El Café de Normandie tenía otro rótulo antiguo, de madera. Era ahora un edificio ametrallado, devastado con múltiples impactos de bala. Sobre mi cabeza un casco y en mi chaqueta un nombre que no era el mío. A mi derecha cuento once hombres que dialogan y reposan tras el fragor de la batalla.

cafe_de_normandie_band_of_brothers

Uno de ellos se dirige al teniente Winters, eso pone en su guerrera.

“¿Cuáles son los planes jefe?”
– “Estamos esperando un contraataque, Carentan es imprescindible para ambos ejércitos”

“¿Se sabe cuándo?”

–“No nos quedaremos para averiguarlo, el mando quiere que remontemos por el este y establezcamos una cabeza de puente. Con todos los campos inundados esta es la única vía practicable”.

Todos miraban un mapa desplegado en el capó del Jeep, a mi izquierda un joven reclamaba mi atención…
“Oye qué le pasa a Blaydte?”

-“Ni idea”

“No habla, está ahí adentro solo, dice que no ve. Vete a ver qué le pasa contigo tiene confianza”.

Así que entré y sentado en el suelo, apoyado en una columna, me encontré a un chico rubio de tez blanca y ojos claros de expresión vacía.

“Qué te pasa Blaydte?”

-“No lo sé, todo se quedó sumido en tinieblas de repente”.

“¿No puedes ver?”

-“No, no veo nada de nada”.

“Estate tranquilo Blaydte, te sacaré de aquí. Volverás a casa, todo irá bien”.

-“Yo no quiero defraudar a nadie” me dijo.

“No te preocupes chaval.”

Entonces Blaydte con su clara mirada me dijo:
-“Gracias por preocuparte amigo”, creo que ya puedo ver un poco mejor… Dios… no sé qué me ha pasado, creo que ya estoy mejor… “
Albert Blaydte se incorporó y con la mano temblorosa de un bolsillo de su chaqueta sacó una carta:

-“Toma, quiero que la tengas, guárdala por favor”.

La guardé sin mirarla.
Al salir de nuevo me esperaba el soldado de la puerta:

-“Creo que es ansiedad del combate o estrés postraumático”, me dijo.

“Puede ser”, respondí. “Creo que está mejor, se recuperará”

-“Me alegro” Contestó.

casaLos chicos continuaron con su conversación:

-“Berlín por Navidad, estoy seguro”
-“Estas tu listo”… “¡Joder! ¡Este queso alemán sabe a rayos!”
-“Y el pan está rancio”
-“Pues… después de cómo hemos tomado esto hoy no parece que les queden muchas ganas de luchar”
-“Ya… procura que no te aticen en la jeta cuando vuelvan…”
– “Recuerda lo que te digo Malarcky, Berlín por Navidad”.

– “¡Disfruten mientras dure, dejamos la ciudad!”-

“ Oooh no Teniente ¿tan pronto? … Justo cuando empezábamos a instalarnos…”

El cielo entonces comenzó a despejarse, de nuevo una leve caricia solar… con los ojos cerrados disfruté de ese momento mágico.
Al abrir los ojos de pronto me encontraba como al principio, en la terraza de agosto, en la mejor compañía, en el caminar de rutinas, de niños que juegan; de señores que leen diarios y de tazas que vuelven a humear. De nuevo 2011 y mi ropa estival. Ya no había uniformes, ni soldados, ni humo en blanco y negro. Solo un radiante jueves de Carentan.33[1]

Con unas monedas en la mesa y la propina de la memoria dejé atrás el histórico café y avancé hasta la plaza de la República. Un ángel en medio de la plazuela conmemora a los caídos de la I y II Guerra Mundial. Aquí el ejército norteamericano hizo una ofrenda floral al tomar la ciudad liberándola de los alemanes. Aquí honraron la memoria de los olvidados.

carenNoté algo también olvidado en mi bolsillo, una carta.
Y decidí leerla justamente allí. Era aquella carta que a través del pasado me había hecho llegar un soldado que 67 años atrás había depositado su confianza en mí. Un chico que tuvo el miedo natural de la vida y de la muerte, al menos eso creíamos todos.

Un texto escueto ocupaba la húmeda octavilla manchada de barro y sangre:

“Querido Albert, la distancia y mi depresión hace que no sea feliz. Lo nuestro no puede continuar, siento que ya no quiero estar contigo. Eres bueno y te quiero pero no puedo continuar así. Lo siento,
Lisa.”

Días después en el bocage normando tras unos arbustos Albert Blaydte recibió un balazo en el cuello de un soldado alemán, ya nunca más volvió a hablar.

Blaydte murió a consecuencia de sus heridas en 1948, sobrevivió a la guerra y murió en tiempos de paz. No fue la batalla, ni su valentía ni cobardía, fue el amor. Murió solo, de pena y con dolor en el corazón.

Se preguntarán que cómo sé todo esto… Sencillamente porque hay hermanos de sangre que jamás olvidas, que ni el tiempo ni la distancia pueden separar.

yo

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