Del paraíso jurdano al cielo de Mogarraz.

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Las Hurdes es el último rincón en donde habita el corazón noble y mágico de sus gentes. Mi corazón también siente el latir de un pueblo que te lo da todo y no espera recibir nada a cambio… Tampoco nunca nadie se lo dio ni tampoco nunca nadie me lo dio. Tal vez por eso me siento identificado con sus gentes, con su paisaje, porque es el espejo en el que me reflejo, el espejo de lo auténtico. El aprendizaje de su humildad y el contacto con su tierra y sus pobladores es la cura que cicatriza el alma.

El exilio de la soledad habita en el respirar jurdano de sus caminos, en lo abrupto de sus bosques, en la estrechez de sus valles, en la niebla que de repente te invade como caricia salvaje y natural que envuelve el pensamiento más reflexivo. Las Hurdes tiene la improvisación natural de lo delicadamente inesperado, y cuando la brusquedad del encuentro es inevitable uno la admira con coraje, con la fortaleza de la propia supervivencia. Con el valor del último guerrero, el último hombre íntegro que se bate en convivencia y armonía con la naturaleza jurdana salvaje y generosa. El guiño causal se hizo presente cuando aquellas buenas gentes por causa laboral conocían Ochagavía, Izalzu o Ezcaroz… villas navarras de igual carácter. Como nexo de unión entre la magia hurdana y el noreste pirenáico de similar factura. Más cálido si cabe fue su trato hacia este pobre soñador al conocer mi procedencia.

La alberca es el prólogo de unas letras que se escribirán valle adentro, es la puerta hacia Rivendel. En donde conocerás Elfos, enanos, orcos, brujas, magos… y todo lo que soñó Tölkien. Es el realismo mágico de otra realidad que tan solo la verán aquellos que les duela el alma, aquellos que quieran bautizar su espíritu, aquellos que hayan caído y se quieran levantar. Es el sacrificio de un pueblo que mantiene intacta su inocencia.
Allí conocí con orgullo a Manolo el Vaca, a Felipe el de los chorizos, al tío Manuel “el tamborilero”, a Pedro “el de la suiza”, a Gregorio el del Ladrillar, al hijo y a la mujer del mítico Eusebio “Macho Lanú”. Allí vi lágrimas de amor hacia él cuando nos anunció su mujer que estaba enfermo. Allí respiré la pureza de sus gentes, el olor de la madera y el calor del hogar.
Allí vi la curva de Arrolobos, la noche más oscura y la niebla más feroz. Allí oí hablar de un perro fantasma con cascabel y a la vuelta de la esquina lo vi, se me acercó y lo toqué. Era un perro vagabundo nada extraño pero mágico y fantástico, es lo que te da esta tierra tan especial, lo acaricié y corrió calle arriba para perderse en la noche de Arrolobos. Y tuve el honor de conocer a Miguel Ángel Sendín comiendo en Vegas de Coria en un restaurante no menos mágico llamado Los Ángeles.
Arrolobos, Vegas de Coria, Sotoserrano, Nuñomoral, Aceitunilla, Cerezal, Cabezo, Ladrillar, Rubiaco…
Y lo que allí vivimos el periodista David Cuevas y un servidor lo contaremos muy pronto, la radio nos espera y Las Hurdes aguarda mi retorno.

Mi despedida nunca fue más agradecida cuando al finalizar mi periplo, en noche abierta, pude ver por primera vez el cielo. Un cielo encendido como jamás vi otro igual, quien sabe si volveré a ver el cielo, el cielo de Mogarraz.
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