Crónicas Normandas -Capítulo 10- Cementerios bajo el sol.

El cementerio americano de St James te recibe luminoso con las cruces blancas de la victoria. Césped impoluto de esperanza perdida de 4410 jóvenes que dejaron su sueño americano en campos de Francia luchando por su país y por un mundo mejor.

El silencio solo interrumpido por el viento hace que reflexione en soledad paseando entre cruces de hombres de mi edad y más jóvenes. La bandera de barras y estrellas ondea con fuerza erguida orgullosa sobre la muerte. Diferentes lemas en capillas de mármol rezan el padre nuestro de balas y disparos de otro tiempo.

Hablo con dos norteamericanos que muy amables me saludan con traje, corbata y gorra. Al saber de mi procedencia, entusiasmados comentan su experiencia en el camino de Santiago, la belleza de Roncesvalles y el descanso de Puente La Reina. Con orgullo ambos californianos me transmiten el honor de la labor de vigilar, cuidar y custodiar el presente del Camposanto. Paradójicamente me viene el recuerdo de aquel cementerio alemán que dos años atrás había visitado en Grecia, con aquellos jóvenes fornidos que igualmente estaban al cuidado de las labores de mantenimiento del cementerio. Otros campos de muertos de Victoria y Derrota me aguardaban. Los aliados siempre cementerios luminosos, blancos e impolutos. Los alemanes oscuros, de piedra con cruces anchas y el ambiente inquieto de florecillas rojas. Aquel cementerio cretense de Maleme con sangre que brotaba en forma de pétalos con la muerte como denominador común, como aquellos tres hermanos que murieron el mismo día. Hablaré de ellos en un flashback tan inesperado como recurrente. Otro post será.

El camino de la guerra me llevaría aquel 19 de agosto de 2011 de St James a St Hilaire du Harcouet y de allí a la sangrienta Mortain. Haciendo parte del recorrido llamado Contraataque. Realmente no son pueblos bonitos en su apariencia, respecto a los que ya habíamos visitado, pero sí de gran importancia estratégico-histórica en la II Guerra Mundial.

Almorzamos en Mortain en el merendero de un parque en el que hoy juegan niños ajenos a un pasado terrible y bañándose en unas tranquilas piscinas municipales. Un par de calles más arriba hago fotos a un monolito de la I Guerra Mundial salpicado de balazos y obuses, guerra sobre guerra, hombre sobre hombre. Al menos hoy el sonido es de niños en el verano de 67 años después.

A la vuelta y sin buscarlo nos encontramos con Husines-sur-Mer, como un bucle en el tiempo y cerrando una herida del pasado el guiño de la guerra y la reconciliación de los muertos. Ante mi el cementerio alemán. Un claustrofóbico lugar dispuesto en semicírculo con tumbas en nichos ubicados en habitaciones cerradas. Entrar allí supone una experiencia tan extraña como inquieta. Es un cementerio oscuro y cerrado en donde habita la sombra sobre el sol y se respira un ambiente denso. Firmamos en el libro de visitas con un “Descansen en paz”. Casi 12.000 hombres reposan allí. En contraposición a los cementerios aliados, aquí se transmite oscuridad y pérdida. Es curioso, probablemente una concepción subjetiva de la derrota frente a la victoria, aunque probablemente todos, o casi todos estén ya en el mismo lugar; quién sabe. Desde aquí mi respeto a todos ellos

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