CRÓNICAS NORMANDAS -Capítulo 3- Saint Malo la ciudad de los corsarios.

Crónicas Normandas, capítulo 3
Saint Malo, la ciudad de los corsarios.

La Costa Esmeralda aparece en la vecina Bretagne como un sinuoso y contínuo acantilado salpicado por playas de ensueño, naufragada en el pasado más evocador con ese murmullo de leyenda que representa la Ciudad de los Corsarios: Saint Malo. Amurallado enclave que flota en el atlántico más pirata, de tonos plata al amanecer, mate como de costumbre y brillante sólo cuando quiere. Con su fulgor de leyenda se nos presenta a distancia flotando gris y pétrea sobre un mar de traicionera calma. Sus muros sudan historia a lo largo de mundos pretéritos facilmente imaginables caminando en los entresijos de sus calles intrínsecas de toques de queda, cierre de compuertas y refugio a cal y canto del mundo exterior siempre hostil. Hoy el único saqueo es el trasiego de turistas en busca de cerveza, galettes y moules. El viajero intenta ser cosario por un día con patente de corso, como lo fueron los Ambroise Louis Garneray, Rene Duguay-Trouin o el erigido Robert Sourcuf con el que me ví cara a cara apuntando al mar o tal vez señalando un posible galeón que amenazaba sus costas.
<Garneray fue un virtuoso de espada y pincel, corsario y pintor que reflejó su mundo aventurero más a lienzo que a hierro, librando esgrima en caballete de salón cuando desembarcaba de su último periplo. Duguay-Trouin siempre práctico hizo arcas para su rey capturando más de 300 barcos y unos cuantos buques de guerra de los que dió buena cuenta. Pero sin duda la estatua de Suorcuf es la que domina el tiempo desenfundando al horizonte y también al visitante que ose intimidar su paz petrificada. Siglos XVII y XVIII reflejo de su esplendor.

Pero no solo de corsarios vive Saint Malo sino también de cine, como no… pero de otros guerreros todavía más feroces, salvajes y sobre todo cerveceros. "Los Vikingos". Vikingos de pelo rojo de finales de los 50… Aquí se rodó la película protagonizada por Kirk Douglas y Tony Curtis, dirigida por Richard Fleischer. Algunas escenas rodadas en 1957 como las del castillo de Fort La Latte pone de manifiesto lo atractivo del lugar y sus múltiples rincones decorados de las mejores aventuras cinéfilas.

Saint Malò, el navío que flota sobre sus murallas ha sufrido muchos ataques a lo largo de su historia y siempre se ha rehecho a base de coraje y reconstrucción marinera, y es que sus pobladores dicen no ser ni franceses, ni bretones, tan solo corsarios al servicio de su ciudad, su gran buque de guerra. Y digo bien porque a partir del Siglo XIV muchas de sus casas fueron construidas con materiales de los propios barcos, asemejándose sus casas a los castillos de popa de los navíos.

Las dos grandes desgracias fueron el incendio de 1661 que arrasó gran parte de la ciudad y sobre todo los bombardeos de 1944 por parte de los aliados que dejaron la ciudad reducida a escombros. Es curioso observar un intrincado de pasadizos y túneles subterráneos construidos por los alemanes en donde se libraron diversos combates.

Hoy como ayer la ciudad desafía su inexpugnabilidad al enemigo inglés que siempre acecha… Saint Malo sigue vigilante con el catalejo del tiempo, bajo la sombra de Sourcuf ya prepara sus cañones esperando el próximo asedio.

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