Baarìa.


De nuevo se pone de manifiesto ese cine terrenal, costumbrista y soleado de Giuseppe Tornatore. He de confesar que tenía muchas ganas de ver Baaria y sin duda a pesar de todo (y el a pesar de todo lo desarrollaré a continuación) merece la pena. Es muy difícil homenajear a tu lugar de procedencia, a parte de ti mismo a tu infancia… Pero el esfuerzo está ahí y es digno de aplauso.

Aunque este esfuerzo sea un tanto desordenado, prolongado y algo tedioso en su montaje… se atisba la complegidad de unir las piezas de un puzzle que quiere transmitir tanto sentimiento que en ocasiones puede resultar forzado… y se echa de menos dejarse llevar… Se dejaba llevar (como la canción) No hubiera estado mal que Don Giusseppe hubiera escuchado esta canción para que ayudara a su inspiración. La inspiración resulta revisada palmo a palmo, se nota demasiado que el director ha querido ser tan escrupuloso que precisamente sin quererlo le restó frescura a su nostalgia. Y la nostalgia se hizo larga, encajada y hasta prolongada. Pero tenemos retazos del buen cine que atesora el gran siciliano. Y es que respira Sicilia por los cuatro costados… Una tierra muy querida por mi. Comprendo su visión… su sol y su noche de posguerra, su problema vecinal, su lucha de clases, su dignidad mediterránea, su polvo al caminar. Su castigo colegial, su hambre de lobo, su injusta soledad, su amor de padre. El chivateo de alcoba, el susurro al atardecer, el calor de madre, el sabor del desayuno y el traje de domingo.

Baarìa es Baghería, es el arranque en los 30 de camisas negras, de guerras forzadas, fogonazo en el callejón, de dignidad en la cuneta, de liberación americana, de hambre de niño, de sed de ideal, de ilusión política y de correr al final de la calle para elevarse y volar, volar por siempre para eternamente volver a ser niño… Esto y mucho más es Baarìa.

Baarìa es también el rostro mágico y monstruoso de la tierra trinacria, de la gárgola al final del recorrido, del mirar en silencio, del ver oir y callar. Es el sudor del herrero, las manos agrietadas del labriego, el rostro ajado del arrendo y el mutilado caminar del lisiado. Es la plaza del pueblo, el cura, el carabinieri y el pañuelo en la solapa de un señorito que impone su miedo. Baarìa es la chica del ayer, bella y sin posibles prometida con el tonto de turno, adinerado e ignorante. Mientras, a la vuelta de la esquina su amor consume la impotencia de su odio y arde en la pasión impotente de no poder enfrentarse al poder, como siempre injusto. Pero la luna roba besos nocturnos de pasiónes secretas en pechos rebosantes de bellezas morenas.
El domingo de nuevo dictará la justicia del paripé, la apariencia del hambriento, la misa de doce, el paseillo de taberna, calle arriba entre tenderetes de blancas sábanas que sacude el bochorno que llegó para quedarse.

Es tan siciliano como español, por algo son parecidos a nosotros, corona de aragón y no muy lejos del sur del sur, africa a las seis y media. Baarìa no es Cinema Paradiso pero tal vez sea la película de su vida, no tan buena pero sí más importante, Tornatore Paradiso. Hay un paralelismo velado, y tiene un bucle inacabado y mágico, con eso me quedo, con el vuelo de su tierra.

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