Staten Island.

Staten Island es una película escrita y dirigida por James DeMonaco, a su lado en la co-dirección Luc Bresson, y en la interpretación unos magníficos Vincent D’Onofrio, Ethan Hawke y Seymour Cassel.

Staten Island es una olvidada isla frente a Manhattan de sueños que escapan en ferry si hay posibilidad, y donde conviven mafiosos, jubilados sin retiro, y limpiadores de fosas sépticas con peor futuro que presente en un mundo sin segundas oportunidades. Vidas marginales, son las tres historias que se entremezclan de forma magistral gracias al montaje de Herve de Luze y Christel Dewyinter. La trama es sencilla y efectista, tres historias coincidentes ayudadas por un muy bien llevado flashback.

Vincent D’Onofrio más que cómodo en su papel de mafioso marginal y acomplejado , que aspira si o si a egocentrismos ridículos con ese halo de maldad neroniana, de soltería madura y amor incondicional por su mamma. Tal vez la exageración del mafioso venido a menos, sátira del arquetipo hortera italoamericano y trajeado que no se anda con chiquitas. Un mafioso con ansias de poder, poco inteligente que el golpe de una piedra hace que cobre una aparente razón paradógicamente surgida de la locura transitoria y mesiánica de su momento ecológico Lars Von Trier subido a un árbol. La película esta compuesta por estas y muchas otras piezas de un puzzle muy bien encajado.

Otra de esas piezas es el personaje de Ethan Hawke, un infeliz trabajador que limpia fosas sépticas y que lleva una vida lineal y si… digámoslo, una vida de mierda, tan solo salpicada por el amor a su mujer (la actriz Julianne Nicholson) que es lo que probablemente lo mantiene alejado de otro tipo de vida que seguro llevó en un pasado. Un chico sin oportunidades y obsesionado con que su hijo futuro no sea como él. Por ello, conseguirá dinero para un tratamiento novedoso de fertilidad para la concepción su ansiado niño. Eso sí, el dinero lo conseguirá pero de forma ilegal, robando a quien no debe.

Por último el entrañable personaje del magnífico Seymour Cassel, un viejo sordomudo de calcetines rojos, de profesión charcutero que aparte de vender carne y callar por naturaleza, debe ocuparse por imposición de otros asuntos sucios. Su única ilusión es apostar a las carreras pero todo esto cambiará por el devenir de los acontecimientos.

Staten Island es una ensalada bien aliñada, que sin ser un plato fuerte tiene todos los ingredientes para dejar un buen sabor de boca. No es una película a la carta pero sí entra en el menú de un buen bar de carretera.

Lo mejor: Las buenas interpretaciones de los actores y un final con algo de “realismo mágico”.

Lo peor: Uno espera más recreación en el final. La película a veces peca de previsible pero no se hace molesto, tan solo es una película realista en un mundo marginal.

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