Midnight in Paris.

Armonía en el arranque luminoso de cuerda al óleo de postales parisinas a mediodía y suspiros al atardecer, todavía no es medianoche en Paris.

Un hombre bañado en romanticismo camina solitario con la compañía de su prometida distante y el fruncido de unos suegros que nunca lo serán. Feliz de ilusiones a corto plazo en habitaciones sombrías y abuhardilladas que inspiren el lápiz de sus deseos, la realidad borra sus líneas y tacha ilusiones de primaveras a orillas del Sena. Luz que refleja la esperanza que le brinda un confundido destino atemporal e imposible, pero real, al menos junto a unas escaleras perdidas en algún callejón de Montmartre, en donde los sueños vencen al tiempo y las campanadas resuenan en los felices años veinte, es medianoche en Paris, y en las líneas de Faulkner, donde el pasado no existe, el todo es un presente contínuo.

Gil Pender baila Charleston y bebe champagne en fiestas nocturnas de conversaciones etílicas que rebosan una humildad tan brillante como sublime, de genios efervescentes de generaciones vigésimas y eternas, donde es presente la adolescencia de Zelda, la madurez de Fitzgerald, el arrojo de Hemingway, el temperamento de Pablo, la mirada de Salvador… En donde los sueños nunca son corregidos ni aconsejados sino puestos en común, en la tertulia que escucha la madrugada a media luz en cualquier bar que nunca cierre, en la fiesta de la reunión, en la música de las ideas, en el ego temperamental y competitivo de líneas rivales y admiradas. En donde el vino es sangre que mezcla tinta, música, pintura, toros, amor y pasión. Los placeres exquisitos que nos da el Paris de cualquier tiempo pasado… que sin embargo nunca fue mejor.

La tienda de anticuario tiene tesoros olvidados que nos susurran al oído palabras de amor, que dejamos escapar ante nuestros ojos, que debemos honrar desempolvando nuestros deseos, es el tiempo sin reloj de nuestros sueños, nuestras ilusiones de un tempus fugit que ya no se nos escapará. Ya es medianoche en Paris, es el momento del reencuentro con la vida, con la afinidad… con nosotros mismos.

La lluvia empapa mi presente que despliega el paraguas del suspiro, viento al óleo de postales parisinas y siluetas que se desvanecen sin volver la vista atrás. Midnight in Paris.

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