Dias sin huella

La ansiedad subliminal de un líquido preciado y mortal, lento y degenerativo. Evasión de un mundo al que no quiere enfrentarse, la solución en un vaso rebosante de mentiras ancladas en un bar de ligera y triste compañía, empañada por el humo de cigarrillos a media tarde y suspiros emborrachados de madrugada. La filosofía barata del peor alcohol del estante, que sirve el camarero rutinario que escucha corazones rotos y vacía sentimientos hasta el amanecer. Adicción perdida que malgasta el alma propia y rasga el entorno condenado al engaño y el falso olvido. El alcohol es un problema, una enfermedad lastimera que arrastra los males internos, frustración del pasado que se hace presente y condena el futuro más inmediato. Tortura que empuja a los que siempre le quisieron y ya no pueden ayudar porque el rechazo es contínuo. La soledad aguarda en el cerco de un vaso de whisky, en el círculo perfecto sin principio ni fin, la huella del mostrador, cicatrices concéntricas que se repiten una y otra vez. Escribir, escribir a trago con la inspiración del engaño somnoliento y adictivo, con la voz de la conciencia maligna de una voz que surge etílica y corrosiva.
La botella como rival del amor femenino que lucha más que nunca y llora más que nadie. Pero el tiempo es el otro contrincante, el desgaste mareado de resacas sin afeitar, comida sin probar y sed sin agua.

Don Birnam escribe a borbotones, eufórico, como el abrir impetuoso de una botella de champagne… tan solo es el sonido, estrépito de apenas dos líneas que abandona por el cigarro, el dolor de cabeza y la búsqueda, la búsqueda desesperada de su preciado licor, que no está, no lo encuentra, rastreo febril y desorbitado de su ausencia… Su inspiración en la copa del bar de la esquina al que acude en la carrera de su enfermedad. Allí se bebe su soledad que ya no puede pagar con dinero. El olvido de la última gota exprime un corazón perdido. Ya no queda con qué pagar su infortunio y la casa de empeño esta a dos manzanas de aquí, queda vender su alma y su máquina de escribir que guardaba la última de sus ilusiones. Anemia moral y delirium tremens a cada paso de vida, la esperanza tiene rostro de mujer y es el último refugio de la salvación. Había dos hombres, Don el escritor y Don el borracho, borracho de miedo, sólo hay un Don y esta acabado.

Pero ella tiene la clave y él la experiencia. “Empezaré haciendo la maleta, solo que mi imaginación no estaba en la maleta, ni en el fin de semana, ni siquiera en las camisas del equipaje, mi imaginación estaba colgada de la ventana, estaba suspendida en el aire a medio metro de altura, y ahí fuera en esa gran jaula de asfalto, me pregunto cuántos habrá en mi misma situación, pobres diablos consumidos por la sed, para el resto del mundo cómicos personajes que tambalean de pie hacia otro trago, otra copa, otra vida”.

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