El cine nuclear.

Lamentablemente la actualidad nuclear nos invade. El terremoto, el Tsunami y el posterior desastre radiactivo hace que nuestro corazón esté ahora más que nunca junto a nuestros hermanos japoneses, junto a ese país evocador, milenario y ancestral del sol naciente. Este triste episodio me ha hecho recordar que en la historia cinematográfica reciente también hubo un cine nuclear. En los años cincuenta hubo una terrorífica moda muy cercana a la que erróneamente nos parece tan actual, las de las Tres dimensiones. Entre 1945 y 1962, sobre todo en la década de los 50 hubo un siniestro y mortal espectáculo de butacas en pleno desierto. La fotografía es aterradora. En el desierto de Nevada se colocaban unos confortables asientos acolchados a modo de cine.

Invitados con posibles acudían al espectáculo pagando una buena suma para ser testigos de su propia y paulatina muerte. Se colocaban de forma ordenada y atenta, sentados, algunos incluso comiendo palomitas y con unas grandes gafas polarizadas se protegían de lo que a continuación iban a presenciar. Las espectaculares detonaciones de unas bombas atómicas a modo de premier, como un gran estreno aplaudían entre exclamaciones y vítores cuando un gran hongo se formaba ante ellos, cuanto mayor y más perfecto era más efusivos eran sus aplausos, era la fiesta de la muerte. Había comenzado la era atómica como un símbolo de modernismo de revolución cultural de alto standing, una fashion cinema en directo. ya nadie se acordaba de Hiroshima y Nagasaki, el futuro estaba ante sus ojos, eran los dueños del mundo. A cada haz de luz, a cada explosión, reían, se agitaban extasiados y aplaudían, poco a poco sus cuerpos iban absorviendo la radiación como un peaje macabro a modo de cobro revertido. El lujo de tal visión no solo se pagaba con la opulencia del dolar sino tb con su propia salud. El sueño americano tb era radiactivo. Este hipnótico ritual que superaba todo fuego artificial conocido y toda película oscarizada, acababa con la vida de los presentes. De entre los pocos supervivientes se encuentra el ya octogenario George Yoshitake, un cámara que filmaba el aconteciemento y que era de los pocos que protegía su cuerpo con un traje hermético y una mascarilla. Seguramente insuficiente, pero gracias a ello salvó su vida. Muchas de esas instantáneas de la época nos muestran las osadas fotografías de cámaras en mil posiciones filmando la hermosura fatal de la bola de fuego de la bomba de hidrógeno, muchos de ellos en camisa remangada repeinados con raya a un lado y tragando el polvo de la onda expansiva en un acto de inconsciencia y épica absurda.

El público vibraba con cada explosión y el reflejo de sus grandes gafas futuristas a modo de 3d lanzaban destellos imposibles. El desierto de Utah y su vecina Nevada posteriormente era escenario natural de producciones cinematográficas reales como una de las películas malditas por excelencia “El conquistador de Mongolia” película de 1954.
Por aquel entonces no estaba todavía bien estudiado los efectos radiactivos en la población y se frivolizaba con este asunto, tanto que en una fotografía podemos ver a John Wayne sosteniendo alegremente un contador Geiger que sirve para medir la radiactividad de un lugar.
En consecuencia, de los 220 integrantes de la película 91 desarrollaron algún tipo de cáncer. Entre ellos el propio Wayne que aunque murió años después, estuvo mucho tiempo convaleciente con esta terrible enfermedad que lo consumió poco a poco. El actor Pedro Armendariz al ser consciente de que su enfermedad era terminal acabó
suicidándose. Hay detractores que señalan que dentro de este número de personas enfermas puede ser estadísticamente posible este resultado clínico y nada tenga que ver con la actividad nuclear del lugar, ya que muchos de ellos eran fumadores empedernidos o simplemente pudiera ser debido a otras circunstancias, en todo caso, el dato ahí está.

A día de hoy Tenemos el escalofriante dato de que se llegaron a rodar alrededor de 6500 películas muchas de ellas secretas sobre explosiones nucleares Tanto en el Desierto de Nevada como en diversos atolones del Pacífico, meros experimentos filamados para estudio de científicos y cuerpos del ejército. Se llegaron a volar pueblos enteros, maniquíes que hacían las veces de inertes pobladores, coches, camiones, tanques, maquinaria obsoleta y hasta pobres animales vivos. Hubo incluso un estudio de cine secreto de Hollywood en colaboración con el ejército norteamericano con un equipo completo y movilizado para estos menesteres formado por alrededor de 250 personas. Sobre aquel experimento fílmico se publicó un libro titulado How to Photograph an Atomic Bomb, todavía hoy se están recuperando estas películas documentales que son como un tesoro maldito y codiciado, el recuerdo de una pesadilla y el comienzo de la guerra fría, ojalá sean para siempre recuerdos del pasado. En la retina tengo la terrible imágen de espectadores atómicos de mueca febril y tristemente entusiasta enfundada en unas grandes gafas futuristas ilumindas por los reflejos de la sin razón.
Testigos de una brisa mortal que incluso despeinaba sus cabellos y les hacía agarrar con fuerza sus butacones, sintiendo el ardor de la brisa mortal de la onda expansiva, que sin ellos saberlo, sentenciaba sus vidas. En primera fila de una sesión de cine nuclear.

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