Encuentro con M. Night Shyamalan

Madrid puerta de Atocha. El tren llegó a su destino con 20 minutos de retraso, tal vez debido al paisaje blanco que había divisado durante el trayecto desde la ventanilla de mi cómodo asiento. A su paso por Guadalajara un manto de nieve cubria el cuajado horizonte, al otro lado del cristal sorbía mi humeante café ferroviario de silencios reflexivos e ilusión cinéfila hacia la ciudad de las oportunidades.

Un suave traqueteo aminoraba la entrada a la estación, mi bolsa de viaje con apenas unos enseres y mi mano que estrechaba el amable saludo del anfitrión, saludo espontáneo convertido en abrazo: Juan Miguel Marsella Presidente de la S.E.A.M.P. (Sociedad Española de Amigos del Misterio y la Parapsicología) Gracias a él, su invitación y su buen trabajo me encontraba en la capital para un doble y fructífero encuentro. Juan Miguel Marsella se había encargado de la difusión publicitaria a través de la red de “La trampa del mal”. La nueva producción de M. Night Shyalaman. Gracias por supuesto a la productoria Universal Pictures Spain, que hizo posible la llegada del director a Madrid.

Después de una grata comida en compañía de Juan Miguel nos dirigimos a nuestro encuentro con Mr. Shyamalan en el Fnac de Callao. Su llegada estaba prevista sobre las 17.30. En la calle multitud de personas formaban una paciente cola. Los amables colaboradores del evento y miembros de Fnac nos hicieron pasar al comprobar nuestros pases de prensa. Diez minutos antes ocupábamos posiciones en la sala principal aguardando su llegada y percatándonos que cáda vez había más y más personas en el exterior.

Y llegó el momento, caminar pausado algo tímido pero solemne y sonriente, elegante destilando clase, simpatía y humildad; conjunción hoy en día en alarmantes vías de extinción. M. Night Shyalaman vestido con una sincera sonrisa y un traje gris impecable me hizo recordar, por unos instantes, el enigmático George Kaplan de aquel Cary Grant con la muerte en los talones. Me estrechó su mano con fuerza después del improvisado protocolo de las apenas cuatro personas que aguardábamos con ilusión su presencia.

El príncipe del miedo tiene herencia “Hitchconiana”, pálpito de sencillez técnica y reflexión en el ser humano. No cree en las tres dimensiones efectistas de los Cameron y compañía, ni en la inmediatez de vidas aceleradas de siglos XXI, yonkis de PC en dosis de red social y “amigos” de perfiles digitales.
El señor de la noche aborda miedos intrínsecos, lugares omega y tránsitos orientados hacia fronteras tan reales como evitadas.

La muerte es un elemento más de su palpable tierra, aire, agua y fuego. Lo sobrenatural como envoltorio caramelizado de su mensaje, con poco hace mucho y sugiere el detalle de la alegoría. Tal vez mensaje oculto a disposición del espectador. Me lo dice en voz baja el anillado de su mano izquierda, quién sabe.

Llegó, sonrió y se fue. No sin antes dejarnos su impronta, bromeando respecto a su corte de pelo, y preguntándome si estaba loco. Loco por el cine. Me gusta. La cordura de su obra me llevó a tal encuentro. Tal vez la única distancia que nos separaba eran esos 500 kilómetros. Solitario y sociable nos unía el gusto por lo personal, por la aportación, por el arte.

Nos despedimos con una fotografía, un abrazo y un hasta la vista. Quién sabe si el destino nos tenía preparado otro encuentro… Mientras tanto pulso el 6º piso del ascensor del hotel en donde me alojo, en la Gran Vía madrileña. Es madrugada y algún gato duerme, el elevador me deja en un amplio pasillo que conduce hacia una puerta que gira a la izquierda. Mi jornada llega a su fin con la única trampa del mal del cansancio acumulado.

El aposento es confortable y arropado entre blancas sábanas mis ojos poco a poco se van cerrando con la nana de un evocador reflejo de neón, el que se filtra a través de la ventana que proyecta la luz refescante del clásico letrero de Schwepppes. Caigo rendido protegido por el sexto sentido del viento que mece el bosque onírico que custodia la jóven del agua. Son las señales del puzzle incabado de mis sueños… ya duermo plácidamente.

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