El cine a la vuelta de la esquina.

En ocasiones veo actores, no es la frase de “Sexto sentido” ni mucho menos pero es un pensamiento que tuve el otro día, una mañana cualquiera desayunando amaneceres en una cafetería humeante que hace esquina. Actores que tal vez ni ellos lo sepan, tienen gestos, movimientos y rostros que hacen recordar a grandes de la pantalla, ante mis ojos tuve una especie de homenaje póstumo, en primera fila y sin pagar, saboreando un bollo que suplía un bol de palomitas y sorbiendo el café que hacía las veces de Coca-cola. Allí aparecía un hombre de avanzada edad de caminar enjutado y mirada que parece escrutar el horizonte, alto, fuerte y sin caballo… efectivamente estaba ante el mismísimo Duke. Atónito ante su gran parecido, nadie parecía haberse percatado de que ante ellos estaba el primo hermano versión española de John Wayne, tal vez porque los jóvenes que había en la sala ni siquiera lo conozcan, porque seguramente no tiene perfil en el twenty y no sale en ninguna serie de adolescentes pijos. Y los viejos ya no prestan atención, sólo se preocupan de obtener el cambio exacto o leer las necrológicas.

El café con leche se me estaba quedando frío y al bajar la vista para ascender la taza me di un sorbo de Saloon a modo de Whisky, el tal Wayne se apoyaba en la barra y pedía un carajillo mientras se echaba la mano al cinto, no llevaba revólver pero si un puro, tal vez montecristo. Mientras lo encendía me lanzó una mirada espontánea y fugaz, al instante, de un trago bebió del minúsculo vaso y sin más se despidió de la camarera con las cejas levantadas y dejando unas monedas en el mostrador. Había presenciado una auténtica escena dirigida por Howard Hawks, o por el propio Ford. Pero a mi alrededor no había ni cámaras, ni focos, ni decorados de interior, ni tan siquiera se respiraba el polvo de Utah, eran las siete de la mañana y tan solo desayunaba después de mi turno de noche, hacía frío y el lugar era cobijo de rostros pálidos somnolientos que se enfrentaban a un nuevo día. Para mi acababa, un bostezo me dió la señal para retirarme a mi cabaña, allí, en un lugar fronterizo para dormir entre blancas sábanas.

A esa hora en que el olvido no hace más que recordarte que el cine esta más vivo que nunca.

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