Fred Astaire, estilo en movimiento.

Trazo fino y jovial de breve salto y claqueteo de juego de talón. El musical puro murió con su pérdida y perdura para siempre en su ágil memoria, la que eternamente nos brinda el celuloide.

Sonrisa de barbilla y elegancia a media tarde de flores en ramo y visitas de lujo y hotel. Siempre sin cambio, porta el billete de los 100 dólares ganados en cada paso de swing. Sonido de tachuelas en zapatos de piel y smoking de ritmo acorde y dinámico, hombre de claqué y cocktail.
Su bebida favorita tenía por marca Ginger Rogers y era la pócima secreta que le hacía vibrar, pareja para la historia del tándem más aplaudido de esos años dorados de los Estados Unidos de América, cuando se veraneaba en Palm Springs y los desayunos eran adornados con rostros infantiles y entrañables en cajas de cereales mientras nos tomábamos una taza de televisión en color.

Cuando Ginger y Fred eran uno y el travelling lo marcaban ellos y no la cámara, que a duras penas se movía tras compases de fluir sonoro. Deslizar de figuras sobre tarima y pavimento, amigos de superficies lisas y profundidad infinita. Balilarines al unísono de contagioso ritmo, reto para el espectador que saltaba de su butaca para siempre intentar imitarlos y nunca conseguirlo.

Virtuoso del ritmo hoy recuerdo a Fred Astaire, desde aquí mi último aplauso que siempre será el primero de tantos, claro que si.

Fred siempre será sinónimo de la palabra bailarín, con su figura en el recuerdo me despido, disfruten de su baile.

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