George Roy Hill, artesano del cine.

Director de sueños, productor de ilusiones, eterno adolescente y peligroso aviador, puntualidad inglesa de un americano con reloj.
El realizador había nacido el 20 de diciembre de 1921 en el seno de una adinerada familia dueña de un diario de Minneapolis. Y ya de niño amaba la aviación: obtuvo la licencia de piloto a los 16 años, pero también tenía talento como músico clásico. Fue piloto de transporte de “marines” durante la Segunda Guerra Mundial, y sirvió en el conflicto bélico en Corea. Posteriormente se convirtió en periodista antes de asistir al Trinity College en Dublín, Irlanda, donde se graduó en literatura en 1949.
Perteneció a una generación de directores que participó en la década de oro de la TV estadounidense —la de los años 50—, como John Frankenheimer, Sidney Lumet y Arthur Penn. Hill pasó al cine cuando la TV dejó de interesarse en los dramas “serios”.

Tras varios éxitos en Broadway, Hill había debutado en el cine en 1962, dirigiendo a Jane Fonda en Del matrimonio al amor, la misma obra de Tennessee Williams que había puesto en Broadway. Y de todos sus filmes, es probable que El carnaval de las águilas (1975), en la que Robert Redford era su alter ego, haya estado más cerca de su corazón. El protagonista era un piloto de biplanos que no pudo volar en la Primera Guerra Mundial, y buscaba la gloria perdida. La adaptación de El mundo según Garp (1982), la novela de John Irving, con Robin Williams, no tuvo la suerte esperada. Su última película fue la comedia Funny Farm (1988), que protagonizó Chevy Chase.

Había en algunas de sus películas un tono nostálgico. Muchos de sus actores lo consideraban un tímido; Hill era prácticamente inaccesible para los medios. Nunca tuvo interés en contratar un agente de prensa ni en aparecer en talk shows nocturnos.

“El mundo está lentamente advirtiendo que George Roy Hill no sólo es un talentosísimo contador de historias”, dijo Robert Redford, un amigo cercano que participó en sus dos grandes éxitos.

Justamente la unión de Paul Newman y Robert Redford, compinches delincuentes en Butch Cassidy y en El golpe, le otorgaron una fama que nunca pidió. Butch Cassidy (1969) ganó el Oscar al mejor guión original (William Goldman), música original (Burt Bacharach), canción (la hiperpopular Gotas de lluvia sobre mi cabeza, de Bacharach y Hal David) y fotografía (Conrad L. Hall). Además de mejor filme y director, El golpe (1973) ganó otros cinco premios de la Academia, entre ellos la música de Marvin Hamlisch, quien adaptó el ragtime de Scott Joplin.

Sencillamente Roy Hill fue el “culpable” de la gran amistad entre Newman y Redford que siempre les unirá, y hoy le hechan de menos, el director nos dejó en 2002, a los 81 años, pero no así su legado y la unión de dos actores de lujo. A él le debemos esos momentos de cine que nos dió con El Golpe o la que dirigió cuatro años antes Dos hombres y un destino… ese destino que él nos brindó. Como dice Paul Newman era maravilloso, si llegabas tarde al rodaje te castigaba obligándote a dar una vuelta de copiloto en su avioneta, y pasabas mucho miedo, al dia siguiente eras puntual. Su implicación era la de un artesano del cine. Y dejo el video de ese comienzo magistral y milimétrico de Butch Cassidy y Sundance Kidd, con ese filtro amarillento como envejecido por el tiempo que muy acertadamente introdujo Hill, un filtro que gradualmente va desapareciendo y solo lo incluye en los primeros seis minutos de este western inolvidable, “Dos hombres y un destino”.

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