El diario maldito de Abraham Griffin: La maldición de Fairbanks.

La historia que les voy a narrar le ocurrió a un científico llamado Abraham Griffin, que escribió sus experiencias acerca de una expedición a Alaska acontecida en el año 1871.

ALASKA

Unos constructores de vías de tren se pusieron en contacto con la Sociedad Científica Natural y Paleontológica Dr. Joseph H. Griffin, asociación fundada por el padre de Abraham, y que el hijo de éste había continuado en el estudio y exploración de los lugares que pudieran ser de interés. Al parecer pensaban que habían encontrado huellas de dinosaurio. La Sociedad constaba de cincuenta estudiosos incluido El Coronel Abraham Griffin de 42 años, que además había luchado en la Guerra de Secesión junto al bando yankee. Ante la llamada de los ferroviarios se reunieron en su sede de Washington D.C. e inmediatamente partieron en tren a Ottawa. Una vez en Canadá se dirigieron a Fairbanks, un viaje de cuatro días parando en ciudades como Saskatoon, atravesando el lago Bravehill, bebiendo whisky en la ciudad de Edmonton y jugando al póker en la fría Fox Creek.

Una vez que llegaron a Fairbanks tras un agotador viaje fueron recibidos por el alcalde de la ciudad el ilustre John W. Gilmore, antiguo buscador de oro. Éste les aconsejó comprar armas de fuego en la armería “Guns and Protection” regentada por el trampero de origen italiano Lucas Peroni, debido a la afluencia de osos, lobos, e incluso alguna resistencia india. Allí realizaron el siguiente inventario: 20 escopetas de doble cañón, 15 revólveres Colt y 5 rifles de repetición, no había dinero para más, había que comprar abrigos de piel de bisonte y caballos así como animales de carga.
Pronto el Coronel Griffin se dio cuenta que la ciudad apenas era un asentamiento dotado de una licorería, una tienda de armas y un salón de juego que ejercía como burdel. Todo ello rodeado de cabañas de madera de pobre construcción.

Abraham y sus hombres fueron informados que las huellas estaban situadas a 85 kilómetros de allí y a 5 kilómetros del final de las vías todavía en construcción. Los expedicionarios estaban agotados y necesitaban descansar. Fueron distribuidos en diferentes cabañas de mineros y el propio coronel descansó en la casa del alcalde, necesitaban dormir para que al día siguiente pudieran partir en busca de las enigmáticas huellas. Durante la cena, el alcalde Gilmore, de poblada barba blanca, contó una leyenda que se escuchaba en la zona, Abraham expectante atendía mientras el viejo John W. Gilmore bebía vino que se escurría por los laterales de las comisuras. Diez años atrás hubo desapariciones de cazadores y se encontraron restos humanos en varias cuevas de los alrededores, la leyenda cuenta que unos monstruos devoraban a todo aquel que se acercara a las cavernas, y como expresó el alcalde abriendo su desagradable boca de apenas tres dientes: “Coronel, esas bestias vienen de otro mundo” y acto seguido mordió una pata de pollo arrancando la carne de ésta.
Abraham no quiso darle importancia, de momento…

A la mañana siguiente después del desayuno los expedicionarios salieron en busca de las huellas guiados por cuatro soldados del ejército de la unión y un oficial, el Sargento Alan Russell. Una vez que llegaron al final de las vías observaron el campamento de trabajadores, en su mayoría obreros chinos. Los operarios aportaron al Coronel y sus hombres más abrigos de piel por si una de las famosas tormentas de Alaska les sorprendía.

La intensa niebla se les echó encima y los 50 exploradores se quedaron solos en la zona ya que los trabajadores tuvieron que volver a Fairbanks para arreglar un tramo de la vía en mal estado, pero antes les advirtieron que tenían un plazo de treinta días para investigar lo que anduvieran buscando, en palabras del capataz chino Zhou Lin: “No podemos perder más tiempo en tonterías”.

Tras la despedida los científicos aprovecharon para inspeccionar la zona de las supuestas huellas, apenas había cinco kilómetros entre el final de las obras ferroviarias y las misteriosas pisadas. También decidieron llevarse diez caballos de carga para comer en el lugar. Después de comer divisaron una extraña cueva de grandes dimensiones, entonces fue cuando vieron las huellas junto a la entrada de la cueva que se perdían en su interior. Abraham Griffin analizó las huellas minuciosamente, no pertenecían a ningún animal conocido, eran grandes y parecían estar calzadas por algún elemento natural, cuero o material de origen vegetal. En ese momento Abraham se dio cuenta de que faltaban dos de sus hombres, mandó a doce de los suyos armados al interior de la gruta para inspeccionar, fue entonces cuando encontraron a los dos desaparecidos, parecían parcialmente devorados, comidos en sus partes blandas, uno de ellos sin ojos y ambos sin orejas. El coronel ordenó que se adentraran más. Cuando los perdieron de vista escucharon sonidos de objetos contundentes golpeando contra algo, después se oyeron varios disparos y muchos gritos. De pronto quedaron impactados al ver ante ellos veinte enormes figuras de pelo largo, ropajes prehistóricos y punturas de guerra. Parecían una horda de nativos salvajes o especie extinta, su piel azulada y su mandíbula prominente recordaba a un Australopithecus o algo similar. Estaban armados con todo tipo de objetos punzantes y casi al unísono emitieron lo que parecían gritos de guerra indios.

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Fue en ese momento cuando, paralizados por el terror, varios hombres de la retaguardia cayeron debido al impacto de una decena de flechas que atravesaron sus cabezas. Estaban rodeados. Los indios se abalanzaron sobre ellos como si fueran depredadores y ellos la presa, Abraham desenfundó dos revólveres y todos comenzaron a abrir fuego para defenderse. Una vorágine de sangre y fuego envolvió la escena en una nube de horror, cuando todo terminó quedaron diecinueve exploradores supervivientes algunos de ellos heridos, los salvajes habían muerto. Pensaban que todo había terminado pero comenzaron a escuchar más gritos, alaridos como de animales que cada vez se oían más cerca, eso significaba que el lugar más seguro se encontraba en Fairbanks a 85 kilómetros de allí. Instintivamente comenzaron a correr hacia los caballos que habían escapado espantados por el miedo. Corrieron en dirección al campamento chino.

La tribu les seguía pisándoles los talones, durante la huida un gran oso apareció de entre los árboles y derribó a un explorador, le mordió en el cuello y lo mató. Otro científico disparó con su revolver al pecho del oso Grizzly y éste enfurecido cargó contra él, le mordió en el centro de la cara, arrancándola ésta y matándolo en el acto. Abraham estaba traumatizado, jamás había visto algo así, ni durante la guerra de Secesión. Fue entonces cuando derribó al oso disparándole a la cabeza repetidamente con sus Colt. Continuaron la marcha con los nativos cada vez más cerca, todo fue muy rápido. Una vez que llegaron al campamento siguieron las vías del tren. Siete heridos quedaron rezagados, aunque armados estaban débiles, se escucharon gritos agónicos, el sacrificio de esos pobres desgraciados hizo que Abraham y sus compañeros ganasen tiempo.

Los supervivientes pudieron recorrer veinte kilómetros más, la noche se echó encima y de nuevo volvieron los gritos de los salvajes, a su vez un sonido de galope cada vez más cerca, dos nativos a caballo armados con hachas aparecieron con antorchas. Saltaron sobre un científico, lo golpearon y le prendieron fuego, dispararon contra aquellas bestias que cayeron entre las llamas, los caballos salieron espantados. Solo faltaban treinta kilómetros para llegar a Fairbanks cuando al amanecer divisaron a lo lejos un grupo de unos 60 nativos que seguían tras ellos.
Se levantó una espesa niebla que sirvió de camuflaje a los nueve supervivientes, cuando estaban punto de llegar a la ciudad la tribu alcanzó al noveno hombre, rezagado por la fatiga. Comenzaron a desnudarlo y a continuación le echaron nieve por encima, frotándolo continuamente para limpiarlo, y delante de los aterrorizados ojos del coronel Griffin comenzaron a comérselo vivo. El líder de la horda de salvajes era enorme, tenía unos dientes afilados, la cara pintada de verde, y lucía un collar compuesto por orejas humanas. Este monstruo cortó la cabeza de su víctima y la arrojó a los pies de Abraham como muestra de poder. Y desaparecieron entre la niebla, parece que la ciudad hacía que no pudieran avanzar más.

Los científicos aterrorizados llegaron exhaustos, el alcalde Gilmore acompañado del médico atendió a Griffin y los otros siete, que no paraban de decir palabras inconexas, sin sentido. Mientras les dieron comida y agua explicaron lo sucedido.

Tras aquella experiencia traumática regresaron a Washington D.C. para seguir con sus vidas, pero no sin antes acudir a muchos médicos especializados en traumas psiquiátricos. Años después, los supervivientes publicaron sus experiencias en diversos medios de comunicación como el Washington Post, el Herald Tribune o el Alaska Journal.
Mi abuelo Abraham Griffin escribió su experiencia en un diario que tituló: “La maldición de Fairbanks”, y que hoy transcribo para vosotros curiosos lectores.
Líneas que hoy escribo desde la ciudad de Red Rock, lugar al que vinieron a vivir los 8 supervivientes de aquella pesadilla en busca de nuevas aventuras y expediciones.
Pero realmente ¿Quiénes son los que causan los problemas? ¿Los indios o los que invaden sus territorios?

 Samuel Q. Griffin a 4 de junio de 1943
-Una historia escrita e ideada por Amets Navarro-

Mi exilio a Elba

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Había descansado unos días en Livorno antes de decidir mi exilio a la Isla de Elba, embarqué en Piombino una ciudad siempre de paso, en mi equipaje apenas una camisa y un pantalón vaquero, no necesitaba más para evadir toda una vida. Me faltaba la canción de Perales y la recordé tarareándola en el velero que también quería escapar. Y se marchó, conmigo dentro. Para un retiro junto al mar nada como un Grignolino D’asti, buen compañero de viaje, un vino minerale que degusté al inicio de mi exilio en la Isla de Elba, el llamado vino del mar, dicen que si abusas de él hace creerte el mismísimo dios Neptuno. Es lo que le pasó a Napoleón, al corso le hizo ser bravo. Al ser de Córcega no era tan francés de ahí mi parcial admiración, tenía valor y el carisma suficiente para elegir un buen lugar para descansar del mundo, por eso elegí tal enclave en el mapa. Dado que el pequeño Bonaparte no tenía mal gusto quise seguir sus pasos, y en lo que a estrategias del alma se refiere rara vez se equivocaba.
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La sensación de libertad y conquista interior era total, en proa con el viento de cola empujando sentía los nudos a cada golpe de ola avanzando hacia un destino que jamás sería definitivo pero sí necesario. La costa me saludaba en flor, la primavera en auge era el cartel de bienvenida del hospitalario Portoferraio siempre floreado y con aroma a azahar y flores frescas.
Nada más atracar el pequeño velero me recibieron los violines toscanos que Carlo Buti me había regalado en Florencia tiempo atrás, sus palabras resonaron al pisar la bella Elba: “Uno siente ganas de cantar”.
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Calle arriba paseando entre sus estrechas calles, siempre en cuesta, uno las sube con la ligereza de sentirse libre, avanzo leyendo consignas religiosas en sus puertas con la paz interior del que ya se sabe condenado, tan solo por el mero hecho de nacer en pecado y con la intención de curar las heridas del alma siento la necesidad de abrir sus grandes ventanales para dejar pasar la luz. Elba es un gran ventanal verde por donde siempre pasa la luz, su luz es perpetua, brillante y soleada… Nosotros meras rendijas.
Un decorado de vida irrumpe para la siesta del pasado, me recompongo solo con respirar, la solitaria silla me invita al momentáneo reposo, tiene el mimbre necesario para saber que sobre ella puedo sentar lo que un artesano retirado construyó. En Elba todo se aprecia, hasta el último aliento, hasta el último recuerdo y el primer llanto. Empapado en sudor saco el pañuelo que mi abuela me regaló en travesías de campos de girasoles. Es un pañuelo de punto con los bordes azules y agradable al tacto pero siempre firme, mi frente lo agradece, lo vuelvo a doblar con el cariño de una madre y lo guardo en mi bolsillo para seguir adelante.
 El Fuerte que custodia las vistas de la Isla es un mirador bien decorado con jardines hechos para los sentidos, para caminar con los ojos cerrados acompañado del zumbido de abejas saludables y solo amenazado por conversaciones ajenas de transeúntes esporádicos y molestos. Por fin llego a casa de Napoleón Bonaparte y cierro la puerta para que nadie interrumpa mi encuentro imperial.
Los jardines de la casa son el retiro espiritual que uno siempre soñó, estatuas pétreas, motivos grecolatinos, cipreses toscanos esbeltos y delgados, y una torre que vigila el norte de posibles barcos fantasma invasores. Me retiro al interior a la señal del atardecer, las habitaciones están todas iluminadas, entre sus pasillos bustos y retratos del Emperador Corso, una vez en la biblioteca repaso sus tomos de cabecera, comparto su obsesión por la trascendencia y su gusto por la botánica. El cuarto de su hermana Pauline guarda un exquisito gusto por la coquetería, no interrumpo en demasía la tranquilidad de la fina dama pues no quiero despertar la antipatía del Emperador de los franceses y copríncipe de Andorra. Un cuadro de Bonaparte me sobrecoge, surge de la tumba para recordarme su eternidad, a otra imagen saco brillo, el cristal que cubre el retrato sonríe de nuevo y recupera la nitidez de antaño. Su rostro parece agradecido.
 La noche cae sobre la Isola d’Elba siempre iluminada, la luna refleja en el mar la calma de un reposo momentáneo que volverá a ser bravo. Es hora de descansar, quiero saber lo que se siente al dormir sobre la cama de Napoleón, pero no siento nada, tal vez mi desvelo se debe a mi osadía o simplemente no siento nada porque soy Navarro y ese orgullo no se cambia por nada del mundo. Pongo fin a mi exilio con una copa de vino y una frase que en voz baja dicta mi anfitrión: “Muéstrame una familia de lectores, y yo te mostraré las personas que mueven el mundo”.
 
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El pre-cine pamplonés

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Pamplona siempre tuvo una gran vinculación con la fotografía, desde el primer momento el amor de los navarros por registrar los “momenticos” estuvo presente. Por ello el Daguerrotipo tuvo una pronta implantación en la capital navarra. Este artilugio inventado por el francés Louis Daguerre en 1839, fue el preludio de lo que hoy conocemos como fotografía, eso sí, más tóxico que sacar una foto ahora mismo con el móvil. Aquel invento contenía mercurio y su manipulación no era muy recomendable. En el siglo XIX había buenos e incipientes fotógrafos navarros como Don Mauro Ibáñez que imaginó la sucesión de imágenes prolongadas como una evolución natural de la propia fotografía.

Las sombras chinescas son las madres de lo que más tarde sería conocido como cine mudo.

Hay datos que dicen que en abril de 1817 hubo una exhibición en Pamplona de dichas sombras que acompañaban el espectáculo del saltimbanqui Luis Rusmiro y la tonadillera apodada “La madrileña”. Aquel espectáculo estuvo conformado por tres actos: “El bosque de los animales de la Cuarta parte del mundo”, “La gran borrasca del mar” y “El baile de las brujas”, algo tan intrínseco en la propia naturaleza y folklore navarro.

Sin duda lo que es poco conocido es que antes, en 1806 se tiene constancia del más absoluto precedente de lo que después sería el aparato de proyección y de nuevo sucede en Pamplona con este Pre-cine: “Andrés Manuel y los hermanos franceses Bareau presentan una Linterna mágica con un órgano y otros instrumentos que sirve de alegre diversión”.

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La linterna mágica era un aparato óptico para ferias circenses y que proyectaba lo que se denominaban “fantasmagorías”. Un efecto mágico debido a la premeditada ocultación del aparato al propio público. En San Fermín tuvo mucho éxito con proyecciones gratuitas y alternativas desde 1887 hasta 1898, siempre en nuestra querida y amada Plaza del Castillo.

Pamplona y el cine mudo.

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El cine llegó a Pamplona un 24 de Octubre de 1896 durante la exhibición de un nuevo invento llamado “Kinematógrafo”. La proyección tuvo lugar en la Plaza del Castillo dentro del Teatro Principal (Posteriormente llamado Teatro Gayarre, que además se trasladó de lugar). El Eco de Navarra decía así: “Ocho vistas fueron las que se dieron al público: Una pelea de negros, una fragua en la que se ve el martillar del hierro y el humo que despide el fuego, un paseo de coches en el que los carruajes pasan al trote, un campo con labradores y vacas que cambian de sitio, una playa y una lancha en la que van de paseo por el mar unas niñas con su madre; el baile de la serpentina, cambiando de color el traje tal como se representa en el teatro, los boulevares de París con su aglomeración de gentes y coches que van y vienen, y finalmente la llegada de un tren a la estación con salida y entrada de los viajeros.”

El baile de la Serpentina tuvo mucho éxito en los siguientes años, y era, por petición popular la proyección más deseada.

Durante la época del cine mudo acompañaban la sesión ciertos complementos acústicos como pianistas, orquestas u órganos además de las impacientes gargantas de los ruidosos espectadores. Pero había una figura exitosa y olvidada: “El explicador.” Los explicadores eran señores que con cierto ingenio locutaban la acción del filme. Algunos adquirieron fama y notoriedad como “El explicas” Valero en Vitoria, “El Pérez de Bilbao” o “Manolo el de Pamplona”.

Nunca se habló tanto durante una película de cine mudo, todavía hoy se escucha el eco de la magia si uno se detiene de madrugada y escucha con atención, un murmullo lejano recorre la plaza, la Plaza del Castillo.

 

Nuestros laberintos.

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La mayoría de los seres humanos sufren más por lo que piensan que piensan los demás que por los hechos que se muestran. Es decir, interpretamos actos según nuestro pensamiento. Esto les afecta más que la propia relación personal. Muchas veces queremos que los demás reaccionen como nosotros creemos que deben actuar, o hubiéramos actuado en un momento concreto. Nunca te pongas en el cerebro de otra persona ni esperes nada a cambio emocionalmente.

Necesitamos más empatía, más personalidad y menos recelo.

La grotesca máscara de la vida.

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Esta foto es muy bonita, pero lo que no se ve es terrible. Venecia es ese paraíso turístico de vidas aceleradas y palo de selfie, pero para algunos también supone una única oportunidad. Detrás de mí, en este frío canal, hoy ha sido la última oportunidad de un chaval de 22 años. Se ha muerto ahogado mientras algún turista grababa con su móvil tan agónico momento, ni los gondoleros, que nunca me gustaron, ni el vaporetto que pasaba por ahí han hecho nada. Mientras se ahogaba, porque no sabía nadar, ha recibido insultos que se escuchan en el video: “Estúpido, “africano,” “vuelve a tu casa”…Etc. Espero que si alguno lee esto vea el canal con otros ojos, como un río de vida, pero también de muerte. La muerte de un chico que vino de Gambia y se fue para siempre en la ciudad de las máscaras. Vivimos en un mundo de máscaras grotescas y nadie se la quitó para ayudarlo. Se llamaba Pateh Sabally. Descanse en paz.

Carta Paul Newman.

paul-newman-actors-studioHoy hubiera cumplido años Paul Newman, Comparto la carta que le escribí en 2008 a su casa de Westport (Connecticut) y que se la hizo llegar su vecino José Feliciano y la esposa de éste, Susan. Habían anunciado que le quedaban dos semanas de vida.

Carta a Paul Newman.

  “Recuerdo divertido cómo conseguí aquel taco de billar con mi nombre grabado en la madera, con su estuche de piel negro con cierres dorados. El Buscavidas había trazado en mí la jugada de aquel perfil de americana sobre polo de cuello abotonado. Era la silueta de Eddie Felson “el rápido”. Fascinado por la adolescencia de sueños imposibles imaginé que, algún día, te entregaría mi propio “Balabushka” como un regalo imposible de mi afecto a tu personaje. También tengo un abridor de chapas, esos metálicos que sirven para escuchar el gaseoso sabor que termina con la sed de una buena cerveza rubia y fría. Cool Hand Luke, sabes de lo que hablo, lo que pasa es que “Algunos no quieren comprender.” Llevo colgado en mi cuello tu abridor a modo de collar como tu Luke Jackson de indomable leyenda. Las Ray-ban en la guantera de un descapotable que tuve como bien sabes. La corbata de Lew Harper la conservo en mi vestidor y ya te imaginas que me la pongo en momentos especiales que no son pocos cuando honro tu memoria, por cierto jefe, no hay día polvoriento que no me ponga los tejanos azules y la camisa blanca por fuera del pantalón… Jeje sabes cómo me divierte esa escena en la que corres de camión en camión para llevarte el maldito ganado, a “Pocket money” le tengo cariño, lo que pasa que ya te comenté que no me gusta nada esa extraña traducción que se le dio en mi país. En fin, que como te decía… hablando de ropa, ahora mismo a mi lado tengo una camiseta que guardo como un tesoro, si, lleva tu nombre en el pecho y sales dibujado encadenado a unas letras… uf! como me costó encontrarla, alguien me la trajo de Santa Bárbara en California, sé que conoces esa zona más para el verano, lo sé. Vives muy lejos de allí en Westport, qué bonito pueblo, nunca me perdonaré no haber podido acudir para conocerte en persona, cómo me alegré de verte junto a Redford en aquel reportaje tan entrañable. Y el teatro que cuidas… es precioso, cuántos ilustres dramaturgos pisaron su tarima.

Hay un dato “casual” que nos une, y te hará gracia conocerlo… hace como dos años hablando de ti me pasó algo, algo con lo que sonrío cada vez que lo cuento. En un lugar en el que trabajaba bromeé con un señor al que le tengo mucho aprecio, sobre su parecido con el tuyo, más en broma que en serio lo llamé “Paul” por sus ojos azules y su pelo cano y ¡zas! el destino me hizo un guiño, porque este buen hombre me dijo algo que me dejó con la boca abierta: “Ríete pero…Yo conocí a Paul Newman”. Que decir que ni por asomo sabía de mi afición al cine, ni mucho menos mi devoción por tí. El caso es que este navarro un buen día, junto con un amigo, dejaron todo y se fueron a Los Estados Unidos de América, trabajaron en multitud de empleos y un día aceptaron brocha y rodillo en mano pintar tooodas las vallas de aquella urbanización. Era muy temprano, justo había amanecido, reinaba el silencio total con la salvedad del chapoteo al escurrir la pintura blanca sobre la madera… Y entonces apareciste tranquilamente caminando en soledad, con una chaquetilla roída, unos pantalones cualquiera y una caja de herramientas. Atónitos ambos pintores te observaron y uno dijo en voz baja “Mira, es Paul Newman”, -el otro asintiendo dijo sí- Y entonces tú te reíste amigablemente y con la mano saludando dijiste ¡Eeeehh! Los tres reísteis a la vez, y sin decir más, te montaste en un Escarabajo naranja y con un estrepitoso arranque te alejaste en la bruma de la mañana. Esa fue la entusiasta anécdota que me comentaba este anónimo testigo de tu presencia, que con alegría y cariño recuerda de ti. Cuánto me alegré, fue lo más próximo que estuve a tu lado, pero siempre lo he estado, créeme amigo, en cada fotograma… de mi vida has estado acompañándome.

Con el enérgico “marcado por el odio” comprendí que la vida es más dura de lo que uno cree y que hay que luchar hasta el final, como tú siempre lo has hecho firme y sereno, como ahora jefe, como ahora. Me imagino lo que has sufrido en tu vida, las mieles del éxito no endulzan la pérdida de un hijo, y eso debe ser muy duro, pero Scott perdurará para siempre en la memoria de un padre y una fundación que siempre ha llevado el bien a muchas personas, Scott intervino e interviene cada día en ayudar a tanta gente… No te preocupes no solo fuiste un buen padre sino un buen ser humano. GRACIAS con mayúsculas es poco, como poco es agradecerte lo mucho que nos has hecho disfrutar, qué momentos de cine, qué pureza, y reescribo momentos que me hicieron ser feliz, y recordando aquella chica tan bella evoca mi pensamiento lo que tu personaje Butch Cassidy sintió hacia ella, y dice así aquel fotograma de la bici que mi retina guarda hacia ella: Sé que siempre te ha gustado mi frescura, gracias a ti soy yo mismo y puedo expresar todo mi amor hacia el sol resplandeciente que ilumina la pradera de tus ojos, aquella verde mañana de paseo en bicicleta, volví a ser niño para decirte “te quiero”. Un te quiero a mi manera, con todo el amor limpio de un amigo, con la lealtad que solo rompe la “traición” de un bocado de manzana, a bordo de dos ruedas inestables dibujé el zig-zag torpe de un manillar nervioso. La canción de tu sonrisa hizo de mi show el mayor espectáculo del mundo con el multitudinario público de tu sola presencia que llena mi ser. Caigo de espaldas al trapecismo de la arena donde la mirada de un astado sorprende tal encuentro, huida inminente sobre nuestros pasos, y te recojo con la misma melodía de tu blanco vestido y mi divertido guion, el papel en blanco de la improvisación, esa que me inspiras. Volvemos a la casita de madera donde él te espera para amarte y yo para contemplarlo, estrecho mi brazo junto a mi amada bici y tu presencia respetada mientras desciendo colinas de recuerdo… Dos hombres y un destino para amar tu dulce escena. Inolvidable.

Como inolvidable fue escuchar la canción que adorna tal escena “Raindrops keep falling on my head”, momentos que yo mismo he imitado cómo beberme un Gin-Tonic de Gordon’s sólo para dedicarte el saludo de la memoria de aquel vagón, cuando timaste a Lonigan, ejem, digo Lonegan. Cómo hiciste parecer ebrio echándote unas gotas de ginebra en la solapa y rellenando con agua la botella para de vez en cuando lanzarte tragos compulsivos de serenas intenciones, ¡Qué grande!, Aquel barranco al vacío para huir al límite de la fuga pero Sundance no sabía nadar.

¡Qué momentos Paul!… O como cuando estabais en la cabañita heridos y con apenas munición y todo un ejército de bolivianos tiroteando el lugar… Y tu haciendo planes de futuro hablando de Australia … o cuando en “Ni un pelo de tonto” haces que el niño lleve la pierna de plástico a tu amigo abogado en una prueba que marcará su madurez futura, o cuando propinas un puñetazo a aquel estúpido poli nervioso al que se le dispara el arma… o cuando corres detrás del ratero en “Territorio Apache”, o también te haces pasar por loco para detener al demente, o cuando corres dejando un reguero de pimienta para los perros en la leyenda del indomable, o cuando te comes 50 huevos, o cuando cantas Plastic Jesus, o cuando emites aquel Veredicto Final de un tal Frank Galvin que parecía fracasado y resucitó… (o cuando , o cuando o cuando) no podría parar. Si algo me gustó de ti fue que a los personajes supiste imprimir un carácter propio que se notaba iba contigo en la vida real. Cómo sabías escoger los papeles, de películas mediocres las hacías grandes con tu interpretación, y levantabas la perdiz como en “Ausencia de malicia”… Tantas y tantas pelis que no acabaría nunca, 500 millas me encantó, “Winning” en su original e “Indianápolis” en otros países, colgué un video para tu homenaje en youtube con música de Rosendo, suena bien, seguro que te gusta.

No sé cuál es la fórmula del éxito, no la conozco pero creo que tampoco me importa mucho, como a ti, tal vez habite en una pizarra tras alguna cortina rasgada, quién sabe, tú decías que una de tus desgracias eran tus ojos, por eso los ocultaste durante un tiempo tras unas gafas, no había que despistar con el físico, a ti te importaba el Método y pocos quedan ya en el camino, bueno hay otro al que sé aprecias, Martin Landau es un fuera de serie, del Actor’s también, de lo mejorcito… Lo de ahora ya es otra historia, aunque yo confío en que lleguen nuevos valores, seguro llegan. Ah, por supuesto dale un beso enorme de mi parte a Joanne, ¡Qué gran actriz! (Que ganó un Oscar antes que tú, creo). Da igual sé que cuando tú lo ganaste dijiste que ya teníais pisapapeles para las facturas.

Ahora he oído lo de las dos semanas, ¡¡¡Malditos sean!!!! Dos semanas… todavía tenemos tiempo de muchas cosas Paul, para muchas cosas: Podemos conducir un buen coche a gran velocidad , podemos jugar al póker, podemos robar un banco, podemos escaparnos de alguna cárcel, podemos ser zurdos por un día, podemos navegar en velero, podemos cantar, podemos montar en bici mientras comemos manzanas, podemos beber unas cervezas, podemos arreglar unos cuantos motores, podemos darnos un baño en la playa, podemos tomar el sol, podemos ver una buena peli, podemos volver a borrar “El cáliz de plata”, podemos conversar, podemos apostar, podemos llamar a Robert, podemos poner a parir a Bush, podemos ayudar a los desfavorecidos, podemos probar más de esa salsa, podemos ir al teatro, podemos besar a nuestras chicas, podemos reír, podemos escuchar música, podemos soñar, podemos llorar de alegría… o podemos sentarnos, tú en tu trono, yo en mi silla… y esperar tranquilamente, esperar a que llegue, y brindar, brindar por Ti, por el gran Paul Newman con una buena copa de JTS Brown con hielo. El cielo sabrá esperar estoy seguro… el cielo sabrá esperar.
Con mucho afecto se despide con un hasta luego el que siempre ha sido y será tu amigo:

Mikel N.
Ese chico que adoptó tu cine como una forma de vida… Sueños y vida”.
Gracias por todo.